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Ve por tu cumbre

Por Fernando González Rubio
Con la colaboración de Luis Eduardo Yepes

Haber tenido el honor de colaborar con Fernando González Rubio en el relato de su conquista de la cumbre del K2 ha sido una de esas experiencias que uno nunca olvida. Recuerdo que yo tendría unos 14 años cuando leí en una revista de Selecciones del Reader’s Digest el relato pormenorizado de un escalador que llegó a la cima del Everest. Entre muchas historias leídas en la gran colección de revistas que tenía mi padre, esta fue una de las que más me impactaron. Viví momento a momento los episodios de aquel escalador, sentí sus angustias, sus temores, casi literalmente su frío… y, claro, disfruté plenamente con su triunfo.Me llevaría toda una vida descubrir que aquel amor por las altas cumbres era una exteriorización de mi gran sueño de realización espiritual, un sueño que encontró resonancia en la vida y obra del pintor ruso Nicolás Roerich, sus expediciones al Tibet, sus textos literarios y sus numerosas montañas colosales, pinturas que me extasían una y otra vez.
En el año 2004 vi un programa de televisión en el que un famoso periodista colombiano, el Pirri, narraba desde las nieves lo que había significado la hazaña de Fernando González Rubio al llegar a la cumbre del K2. Ese acontecimiento revivió la intensidad de aquellas lecturas de la adolescencia. Venciendo mis propias resistencias y dudas, busque a Fernando González Rubio. No fue difícil convencerlo de que valía la pena dedicar unos días a hacer el recuento de su experiencia, para alguna revista, tal vez, o incluso para pensar en un libro.
Fernando y Tatiana, su esposa, me acogieron con una cordialidad única y me alojaron en su pequeña finca durante varios días. Recuerdo bien el amor de Fernando por su esposa y por su hijo. Fue grato conocerlos y luego dedicarme a ayudarle a ordenar sus ideas y exteriorizar algo de aquella vivencia. Era fascinante acercarse al mundo del alpinismo, con cosas tan “tenaces” (así decimos en mi tierra), como lo del verdadero peligro del descenso o lo de la zona de la muerte. Pronto supe que, en un país suramericano como el nuestro, para un alpinista suele ser más meritorio y difícil conseguir el patrocinio que escalar la cumbre misma.No quiero terminar esta presentación sin contar dos cosas. La primera fue ver el enorme y elevado muro natural de pura roca que había frente a la finca. Era su campo de entrenamiento natural. Imponente. ¡Como para una escena de la película del Señor de los Anillos! La segunda, la gran realización interior de Fernando. Una realización silenciosa, basada no en teorías sino en una forma de ver el universo. Cuando hablamos sobre mi tema más amado, el alma, fue claro que él ya había superado esa etapa. Su palabra era y es: Espíritu. Veamos pues, sin más rodeos, la experiencia de Fernando.

PRIMERAS IMPRESIONES DEL K2

Escalar la roca y el hielo, caminar por la tierra y la nieve, resistir al frío y a la falta de oxígeno, vencer las limitaciones, correr riesgos, ascender hacia las cumbres, es mucho más que un deporte para mí. Es una pasión. Es una forma de meditación en la que estoy tan compenetrado con mi objetivo que en mi mente no cabe nada más que el paso que estoy dando, pues muchas veces mi vida depende de la consistencia de ese paso.  Es un desafío del espíritu, un reto que toma forma cuando elijo una montaña y me propongo dar lo mejor de mí para escalarla.

Los arahuacos, para quienes la Sierra Nevada de Santa Marta es un santuario, dicen que la cima de la montaña es un lugar de poder en donde la tierra y el cielo se unen.  Creo que esto explica en cierta forma el porqué de ese impulso que nos lleva a convertir la escalada en todo un acto ritual.

Cuando yo tenía 19 años me mostraron una imagen aérea del K2.  Ya había oído decir que entre las 14 montañas de más de 8000 metros de altitud, el K2 era técnicamente la más difícil de escalar, pero en ese momento era la primera vez que veía su fotografía: me pareció sencillamente monumental.  Lo que más me llamó la atención fue su forma piramidal y su gran cantidad de rocas.  Como la escalada en roca era mi mayor pasión en ese entonces, miré la fotografía durante mucho rato.  Sabiendo bien que escalarla era el reto alpinístico más reconocido en el mundo, pensé: “¡Uf, qué belleza poder subirse por esas aristas rocosas y lograr la cumbre de semejante montaña!”.

Pero una cosa es ver fotografías o escuchar relatos, y otra es tenerla frente a frente y tener la determinación de escalarla.  En la expedición realizada para escalar el Broad Peak, en el 2002, vi el K2 directamente por primera vez.  Me pareció imponente, gigante, poderosa, aterradora, fuertísima.  El Broad Peak y el K2 están tan juntos que el Campamento Base para escalarlos es el mismo.  Aquella vez fueron pocos los días en que el cielo estuvo despejado –cuatro o cinco días, a lo sumo– así que poderla ver desde el ascenso al Broad Peak despertaba un sentimiento de magia. El K2 se había convertido para mí en un fantasma, siempre metido en una nube gigante.

INCERTIDUMBRES PREVIAS

Pese a la exitosa actividad de montaña en años previos, en el 2003 yo había tomado la decisión de no ir ese año a los Himalayas porque Tatiana –mi esposa– iba a concluir su segundo embarazo y para ella era muy difícil estar nuevamente sola.  Fue una dura decisión, pues aunque el amor de mi familia estaba –y está– por encima de todo, al mismo tiempo lo decidido implicaba abandonar, quien sabe durante cuanto tiempo, la realización de proyectos que tanto disfruto y de los que derivaba la mayor parte de nuestro sustento.  En ese momento yo tenía un negocio muy poco productivo y no me sentía feliz con lo que estaba haciendo.

Procuré llevar una vida lo más normal posible, pero en el transcurso de los meses los problemas económicos empezaron a hacerse sentir y se fueron agravando a tal punto que nuestra situación financiera se puso realmente mal.  Tan mal que, a pesar de la amorosa ayuda de mis suegros y mi madre, tuve que recurrir a un amigo para que me prestara algún dinero.  Él prácticamente me lo regaló porque sabía que yo no tenía forma de pagarle.  Me dijo que siguiera luchando por los Himalayas, que él me colaboraría, pero que no dejara de pensar en alcanzar mis metas.  En verdad son metas altas y él lo sabía bien: me he propuesto escalar las 14 montañas que superan los 8000 metros de altura.  Es un logro solamente alcanzado hasta hoy por cerca de 20 escaladores en el mundo –uno de ellos un mexicano– y también yo quiero lograrlo.

El gesto de mi amigo, al igual que el de algunos otros amigos y familiares, son hechos que uno no puede menos que agradecer. Por duros que hayan sido muchos momentos vividos, siempre he tenido ángeles que me cuidan.  Por extremas que hayan resultado a veces las situaciones, siempre ha habido una mano salvadora.

Otro de estos ángeles ha sido mi amigo Enrique Gaviria, quien en ese entonces me brindó la oportunidad de trabajar colaborando en obras de interventoría de ingeniería civil y haciendo montajes de antenas para telecomunicaciones.  Al contratarme, él me había dicho:  “Trabajando en mi empresa no tienes un salario alto, pero siempre puedes ganarte al menos el sustento para tu hogar”.  Efectivamente, el cheque de pago apenas alcanzaba para cubrir los gastos de familia.  Pero valoro mucho la ayuda de este amigo, porque su actitud y sus palabras indicaban que yo podía trabajar o dejar de trabajar en su empresa cuando lo sintiera necesario, algo muy difícil de encontrar hoy en día.

Por cosas del destino me encontré por aquellos días con Jairo, otro amigo de infancia a quien no veía desde hacía 10 años.  Me invitó a almorzar y en la conversación me dijo que había estado al tanto de mis triunfos deportivos y que se alegró muchísimo cuando coroné la cima del Everest en el 2001.

Me preguntó por mis proyectos y le conté que estaba viviendo de la ayuda de amigos, padres y suegros, y entonces me dijo:  “Hombre Fercho, no te puedo ayudar económicamente, pero por qué no te vienes para Cartagena durante un mes con tu familia.  Quisiera que te tomaras unas vacaciones en mi casa, para que te dediques a pensar, a proyectar tu futuro y para que se te quite esa cara de estrés y de angustia que tienes.  Más que dinero lo que necesitas es tranquilizarte, pensar, disfrutar, y para eso yo me ocuparé de los gastos de tu familia durante ese mes.  No te preocupes por los pasajes, por nada, pero no quiero ver esa cara de angustia, pues la imagen que tengo de ti es la de un soñador, una persona alegre, llena de entusiasmo, siempre de buen genio.  No te estoy viendo esa cara y quisiera volver a verla”.

Antes de aceptar pensé que luego de ese mes de tranquilidad mi vida podría continuar con las mismas dificultades, con la misma falta de recursos.  Pero con enorme gratitud con mi amigo tomé la decisión de irme y tratar de cambiar esquemas de vida.  En Cartagena compartí con mi familia y con mi amigo, e hice lo que él me había recomendado: dedicarme a pensar en mi futuro.  Pensé en no volver a las montañas y buscar otra manera de encontrar una estabilidad económica que me brindara el necesario bienestar para mis hijos.  Pero también pensé que tras haber dedicado más de la mitad de mi vida a escalar, y luego de haber superado retos reconocidos a nivel mundial, valía la pena continuar explorando las posibilidades del montañismo, sabiendo que, no obstante, el camino a recorrer implicaría grandes sacrificios.

Tuve muy en cuenta el comentario que alguna vez me hiciera mi colega y amigo Cristóbal Vonrosky:  “Las montañas no terminan en el Everest. Ahí comienzan”.  En esa frase pensaba todos los días, en muchos momentos, y me debatía entre dos voces.  Una que me decía: “ponte a trabajar, vete a una oficina, busca el bienestar de tus hijos”, mientras la otra me decía: “cree en tus sueños, busca las montañas, ese es tu destino”.

Fue un mes bastante difícil. Unas vacaciones deliciosas, pero un momento fuerte, tratando de tomar decisiones.  Sin embargo, la estrategia de mi amigo dio buen resultado pues para el final de ese mes yo estaba mucho más fresco e incluso había subido de peso.  Cuando mi amigo se enteró de mi decisión de continuar con el alpinismo, me recomendó que empezara a visitar nuevamente a posibles patrocinadores.  Incluso me colaboró económicamente para comprar una ropa más presentable para ese propósito, pues habitualmente uso ropa informal.

Regresé a Bogotá y empecé por buscar a los patrocinadores que me habían respaldado en el 2002.  Gran desilusión me llevé al ver que esta vez no demostraban ningún interés en apoyarme.  Por lo general, cuando un patrocinador invierte dinero en un deportista, lo hace con fines publicitarios, a cambio de figuración en los medios; pero si el deportista no alcanza triunfos visibles a corto plazo, decae el interés por patrocinarlo.  Lo que muchos ignoran en su inmediatismo es que el triunfo –en el deporte, en el mercadeo, o en cualquier aspecto de la vida– es fruto de una amplia visión de futuro, de la perseverancia y de la fe.  Solamente cuando se tiene una visión futurista y a largo plazo se comprende que la aparente derrota no es más que un paso previo para posteriores éxitos.

LA EXPERIENCIA DEL BROAD PEAK

En términos comerciales era lógico, pues, que al no haber podido coronar la cumbre del Broad Peak en el 2002, potenciales patrocinadores lo consideraran como un serio revés, cuando para mí fue una valiosa experiencia.  Allí consolidé la confianza en mis capacidades al comprobar que caminaba a la velocidad de los más curtidos montañistas y que igualmente escalaba con la agilidad y destreza de los mejores escaladores del mundo.  De hecho logré alcanzar la altura máxima en esa temporada, recibiendo felicitaciones de escaladores de Alemania, España y Corea por la osadía y la perseverancia en el intento.

Esa fue la primera vez que intenté escalar en solitario una cumbre de 8000 metros de altura, reto que cobra dimensiones aún mayores cuando se ha decidido no emplear oxígeno suplementario.  Recuerdo que permanecí durante dos días completamente solo en un campamento a 7300 metros, esperando que mis conclusiones con respecto al tiempo me dieran la oportunidad de llegar a la cumbre.  Había observado que cuando la luna estaba en la parte alta del cielo los vientos bajaban, así que había tomado la decisión de subir a la cumbre bajo la mano protectora de la luna: el asalto a la cumbre sería en horas nocturnas.

Luego de los dos días de espera, muy tarde en la noche emprendí el camino hacia la cumbre.  El montañista experto puede avanzar en la noche porque durante el día ha estudiado a fondo visualmente el tramo que piensa escalar.  Ha observado cada detalle de la topografía, cada recodo del camino y lo ha registrado fielmente en su memoria.  La cuesta tenía aproximadamente 45 grados de inclinación y alcanzar los 8047 metros de la cima tomaría por lo menos 10 horas.  El viento estaba quieto, la nieve estaba tan dura como la roca, y empecé a ascender con rapidez.  Caminé y escalé durante toda la noche.  Como a las 4:30 a.m. la luz de la luna empezó a ser desplazada por la claridad matinal, pues en esa época del año amanece más temprano de lo habitual.

Pero ese amanecer marcó unos cambios decisivos.  En menos de media hora el viento empezó a soplar tan fuerte que la nieve me golpeaba la cara sin piedad y se metía dentro de mi cuerpo, haciendo presentir que el sueño de alcanzar la cumbre sería irrealizable esta vez.

Aún así no me di por vencido y pensé que si lograba subir., amparado por la arista final, me podría proteger del viento y alcanzar la cumbre.  Bajo esa estrategia continué ascendiendo hasta las 6:30 a.m.  Pero el hielo llevado por el viento se me congelaba en la barba y el bigote, enfriando excesivamente los labios y los pómulos.  Aunque el viento me golpeaba y me trataba de congelar, la intensidad del sol hacía que la temperatura aumentara minuto a minuto, cambiando la textura de la nieve.  Miré hacia atrás y noté que mi huella había desaparecido por completo debido a la nieve desplazada por el viento.  Mis pies se hundían más y más y me empecé a enterrar hasta la cintura.  Sentí mucho miedo pues en cualquier instante esa nieve podía rodarse y llevarme hacia una muerte segura.

Pensé en mi hijo Tomás, en mi esposa, en mi familia, y supe que era hora de regresar.  Ahora la prioridad era descender sano y salvo.  En el montañismo la fase más peligrosa y que más muertes cobra es el descenso.  En esa etapa el cuerpo empieza a sentir los rigores de la fatiga y de la falta de oxígeno, haciendo que el escalador esté más propenso a los errores.

Empecé a pensar en la forma de descender de una manera segura y rogué a Dios que no fuera a caer una avalancha.  Físicamente todavía me sentía muy fuerte y empecé a descender rápidamente aunque la nieve estaba muy blanda y profunda.

Aunque las dificultades climáticas no me permitieron llegar a la cumbre, todo lo vivido implicó un crecimiento grandísimo, entre otras cosas por la fortaleza física con que me sentía y por haber tenido la suficiente prudencia para tomar una decisión adecuada.  A medida que yo descendía la nieve se sentía algo más sólida, lo cual me permitió avanzar más velozmente.  Entonces empecé a descender corriendo porque el viento y la tormenta tendían a arreciar.  En ese envión llegué en un par de horas al Campamento 3.  Recogí mis equipos y continué descendiendo hasta al Campamento 2.  Llegué allí más o menos a las 9 a.m. y me detuve a descansar y a hidratar.  A grandes alturas el cuerpo humano pierde agua muy rápidamente y por esto la hidratación es esencial.  A las 12:30 empaqué y con un morral con un peso de unos 25 o 30 kilos empecé a descender hasta el Campamento Base.  El descenso era muy lento por el desgaste físico, aumentado por la noche anterior en vela.

Continué descendiendo lentamente con todas las precauciones y a las 7 p.m. llegué al Campamento Base donde fui recibido cálidamente por algunas de las personas de la expedición, quienes se alegraron de verme en perfectas condiciones de salud y me felicitaron por el osado intento de coronar la cumbre.

Llegué bastante extenuado y fui donde los cocineros con quienes había entablado una buena amistad.  Como yo había sido el único en intentar la cumbre, algunas personas del Campamento Base presenciaron el descenso muy de cerca con sus telescopios.  Ese encuentro fue pues toda una fiesta y me estaban esperando con bebida y algo de comida.  Mi felicidad era enorme y me sentí supremamente satisfecho por el intento.  Debe tenerse en cuenta que cualquier ascenso de esta naturaleza depende no solamente de la capacidad del escalador sino de las condiciones de la naturaleza.  Cuando la montaña dice NO, hay que saber respetar su decisión.

RETOMANDO NUESTRA HISTORIA

No obstante, como veníamos diciendo, para los patrocinadores y para muchos de mis compatriotas el no haber llegado a la cumbre fue considerado como sinónimo de fracaso.  En tales circunstancias inicié entonces la búsqueda de nuevos patrocinadores.  Después de mucho lobby y de tratar de llegar a muchas personas, conocí a una mujer que me propuso representarme y ayudarme a conseguir la financiación necesaria.  En mi ingenuidad creí en sus palabras, pero por sus frutos posteriormente me daría cuenta de que era una mitómana empedernida.

En marzo de 2004 tuve que cancelar mi cupo para ir al Shisha Pagma, en Nepal, cuya escalada es muy importante para la aclimatación previa al K2.  El perjuicio ocasionado por esta mujer me hizo perder además un tiempo crucial en la búsqueda de patrocinio, así que prácticamente tuve que volver a comenzar apenas faltando dos meses para viajar.

Toqué muchas puertas, explicando una y otra vez a los posibles patrocinadores los grandes beneficios que podrían obtener a cambio del apoyo económico, aprovechando a nivel publicitario la posibilidad de asociar sus productos con mi imagen deportiva, o a través de charlas de motivación interna o de actividades recreativas y didácticas mediante excursiones dirigidas.  La venta de este tipo de ideas es sumamente difícil en un país carente de cultura de montaña y que aún entiende poco sobre la grandeza de los retos del mundo vertical de roca, hielo y espíritu.

Algunas de estas visitas generaron expectativas que luego se convirtieron en desilusiones. Un par de semanas antes de irme, lo único concreto         que se tenía, a través de un compañero colombiano que vivía en Estados Unidos, eran unos excelente equipos técnicos de montaña, marca Mont Bell y Trango.  En realidad era un gran paso –valga el momento para expresar un sincero agradecimiento a mi amigo y a estas empresas– pues esto equivalía prácticamente a la mitad de los costos de la expedición, aunque esos equipos nunca llegarían a mis manos si mi viaje no se realizaba.  No se tenía pues el dinero para el viaje, ni se perfilaba ya ninguna posibilidad en cuanto a patrocinio, así que todo indicaba que habría que cancelar el viaje para la conquista del K2.

Pero nuevamente ocurrió un milagro. A la semana siguiente Alberto Carrizosa me invitó a una cena en la que conversamos con nuestra habitual sinceridad.  Me preguntó sobre la expedición al K2 y le dije irónicamente: “Pues todo va muy bien, pero aunque he hecho lo máximo posible, no se ha podido conseguir el patrocinio, así que no veo posibilidad de ir”. Entonces me dijo que no me preocupara, que aunque él no podía brindarme un patrocinio como el que yo merecía, me ayudaría para el viaje.  En ese momento simplemente le di las gracias, pero minutos más tarde empecé a gritar de la felicidad.  Esa noche se convirtió en una gran fiesta de celebración porque a los cinco días utilizaría las reservas de avión separadas casi con tres meses de anterioridad.

ASALTO A LA CUMBRE DEL K2

El 26 de julio de 2004 llegué con el escalador español Emilio Vicente Lagunillas al Campamento 4, a 7900 metros de altura.  Vicente es bombero de profesión y nos habíamos conocido pocos días antes. Logramos gran empatía desde el principio y decidimos formar una alianza para alcanzar nuestros objetivos.  Estas alianzas pueden llegar a ser muy útiles, pues hay tramos que se escalan con menos dificultad trabajando en equipo.

La permanencia en el Campamento 4 nos permitía prepararnos para el ascenso final hacia la cumbre, situada a 8611 metros de altitud.  En condiciones climáticas normales, ascender por un tramo como este puede tomar aproximadamente 8 horas y no se admite término medio: o llegas a la cima o te devuelves en el intento, pues acampar a mitad de camino es prácticamente imposible si se quiere salir vivo.  La presión, la falta de oxígeno y el frío son tales que cada minuto cuenta.

En el campamento estaba el escalador español Ferrán, y algunos de sus compatriotas ya estaban en camino hacia la cumbre.  Había un grupo como de 5 italianos que habían intentado infructuosamente la cumbre el día anterior y se organizaban para proseguir con su descenso, aunque había otros italianos preparándose para su oportunidad única de buscar la cima.

Con el paso de las horas observé que unos de los que ascendían regresaban sin haber llegado a la cumbre, mientras otros todavía perseveraban en su intento, aunque en mi concepto ya era muy tarde para tratar de llegar a esa hora a la cima.  Esa era la última opción de esas personas y se la estaban jugando toda. A algunos de ellos esta osada empresa les podía ocasionar problemas de salud o congelaciones, aunque se trataba de equipos fuertes como lo son los españoles y los italianos.

Aunque el ascenso lo realicé prácticamente en solitario, la alianza con Vicente (sus amigos lo llamaban Tente, en forma cariñosa) resultaba importante.  Cuando llegué al Campamento él me dijo: “bueno, ya tengo la carpa lista, ahora tú vas a preparar todo el líquido para que hidratemos y nos preparemos para mañana”.  Preparar el líquido significa derretir nieve y añadirle algunos elementos que permitan una verdadera hidratación y restauración de energías.

Hice lo que me dijo Tente y nos pusimos a conversar sobre lo que hacía cada uno en su país. Hablamos también sobre alpinismo y consideramos a fondo las posibilidades que teníamos para llegar o no a la cima.  Sabíamos que había un equipo de sherpas muy fuertes contratados por una expedición comercial para ayudar a subir a sus clientes a la cumbre, usando oxígeno.  Para nosotros ese grupo representaba una gran posibilidad porque habría personas subiendo antes que nosotros y marcando una huella, lo que nos permitiría economizar valiosas energías.

Empezó a llegar la tarde y continuamos hidratando hasta tener el agua necesaria para el día siguiente.  Habíamos preparado dos litros de agua con bebida energética como aprovisionamiento para el camino a la cumbre y para el retorno a la carpa en que estábamos.  Cuando el sol se ocultó la temperatura empezó a bajar rápidamente.  Entonces nos pusimos los enterizos –ropas con plumas de ganso por dentro, lo que les da una gran capacidad de protección contra el frío–, y empezamos a esperar el momento para el asalto a la cumbre.

Para cargar menos peso y caminar más rápidamente yo no había llevado mi sleeping hasta el Campamento 4, pero esa noche me hizo mucha falta. Pensábamos descansar, recuperar unas dos o tres horas de sueño y luego continuar. Tente se metió en su sleeping y yo en mi traje de plumas, pero sentía un intenso frío en los pies.  A esa altura la falta de oxígeno lentifica considerablemente la capacidad de pensar, y tal vez por eso tardé en recordar que tenía en mi morral una manta térmica aluminizada. La saqué y cubrí mis pies con ella.

Tras tomar unas tazas de bebidas calientes intenté conciliar el sueño, pero el frío era tal que temí una posible congelación de los pies, así que decidí que lo mejor sería ponerme las botas y empezar a caminar. Le comuniqué mi decisión a Vicente, y él me dijo que continuaría descansando y que trataría de alcanzarme en el ascenso.  Aunque él tampoco había hecho uso del oxígeno, en el camino había demostrado tener gran velocidad, así que, algo más descansado que yo, era previsible que me alcanzaría.

Tras media hora de camino me encontré con Juanito Oriazábal, que venía bastante cansado y con principios de congelación en manos y pies.  A su lado venían varios españoles, entre ellos Juan Vallejo, uno de los mejores montañistas del mundo, que demostraba fortaleza en el descenso.  Juanito es uno de los escaladores que más altas cumbres ha alcanzado, pues no solamente coronó los 14 ocho miles sino que repitió el ascenso hasta la cumbre en algunos de ellos.  Su deterioro físico en esta ocasión se debía a las 23 horas continuas que llevaban de recorrido.  Seguramente la edad incidió en su resistencia física, pues 48 años se hacen sentir.

Yo había establecido una bonita amistad con él desde el ascenso al Everest en el 2001.  Les ofrecí agua y les mostré mi disposición para acompañarlos hasta al Campamento 4.  Pero Juan Vallejo me dijo enfáticamente: “Fernando, ve por tu cumbre, que nosotros podemos descender”.  Tomé la decisión de continuar, habiendo visto también a Edurne Pasaván, bastante deshidratada. A Edurne la conocí en 1998 cuando yo intentaba escalar el Monte Manaslu.  También ella iniciaba su incursión a los Himalayas y por ese entonces se disponía a ascender hacia la cumbre del Dahulagiri.

Al verla esta vez me preocupé también un poco por ella, pues lucía muy fatigada, pero se vislumbraba que por fin una mujer podría romper el fatídico historial femenino con el K2: las primeras cinco mujeres que ascendieron a la cima fallecieron luego en el descenso.

A los pocos días habría de saber que efectivamente, ella sería la primera mujer en escalar completamente el K2 y salir viva de la empresa, aunque a ella y a Juanito tuvieron que hacerles algunas amputaciones.

TODO POR UN GUANTE

Continué con mi camino hacia la cumbre guiándome por unas luces de las linternas de los dos pequeños grupos que iban adelante.  Había un grupo de chinos y tibetanos y otro con la expedición comercial de suizos e italianos.  La noche estaba muy fría y nos acercábamos al paso más difícil de la ruta, conocido como el cuello de botella.  Es un paso bastante vertical, de unos 70 grados aproximadamente, con cerca de 100 metros de escalada y un traverso de 60 metros.  Tiene pasajes tan angostos que las personas solamente pueden subir de una en una.  Y como si fuera poco, la dureza del hielo hace casi imposible enterrar los crampones para asentar los pies en ellos.

En ese momento empecé a alcanzar a las personas de la expedición comercial y Tente ya estaba junto a mí.  Como la fila se detuvo un poco, porque ya éramos como 8 o 9 personas, aproveché ese tiempo para hidratar y arreglar algunas cosas de mi equipo.  La expedición comercial instaló en ese momento una cuerda para asegurar ese paso difícil del cuello de botella, y aunque Tente y yo íbamos preparados para pasarla juntos, esto eliminó de nosotros una gran preocupación.

Pero como ocurre en ciertas ocasiones en donde lo bueno y lo malo nos llegan juntos, en aquellos momentos perdí mi guante izquierdo.  Cayó y rodó por una pendiente, probablemente hasta el mismo Campamento Base, a miles de metros de donde estábamos.  A esa altura una mano sin protección puede resistir a lo sumo una hora antes de sufrir congelación, así que pensé que ese accidente me costaría la cumbre.

Saqué un guante de lana que tenía de repuesto, pero no fue suficiente, y empecé a sentir un frío tan intenso en la mano que mi preocupación aumentó.  Le expliqué la situación a Tente y, para mi fortuna, él me dijo que tenía unos guantes de repuesto.  ¡La esperanza renacía!  Continuamos el ascenso y el sol empezó a salir en el horizonte.

UNA SIESTECITA ANTES DE LA CUMBRE

A las 5 a.m. empecé a sentir mucho sueño.  Llevábamos caminando 5 horas y faltaba ya muy poco para llegar a nuestro destino.  Pero el sueño era tan grande que mi lento pensamiento me hacía dudar si ese estado de somnolencia se debía a que estaba pasando mi cota sin el uso de oxígeno.  Pensé que tal vez estaba enfermando, sin caer en cuenta que llevaba casi tres días durmiendo poquísimo.  De hecho en la noche anterior no había dormido absolutamente nada debido al intenso frío en los pies.

Tomé entonces la decisión de dormir, como suelo hacerlo luego de largas jornadas.  Enterré el piolet, me aseguré a él, armé una pequeña plataforma y me senté en ella con la intención de dormir un poco.  Miré el reloj antes de quedarme dormido y cuando desperté –obligado por la hipoxia, inherente a la falta de oxígeno– observé que solamente habían transcurrido 15 minutos.  Fue como si hubiera dormido toda una noche, pues la proximidad de la cima avivaba de tal manera la llama de la energía que me incorporé y proseguí el ascenso.

Mientas yo dormía, Tente y los expedicionarios que iban adelante continuaron el camino.  A esta altura de la escalada, por encima de los 8500 metros, los montañistas están en los limites extremos, así que cada cual debe ocuparse de sí mismo, pues es una alta exigencia mantenerse uno a sí mismo y es casi imposible pensar en ayudar a alguien.  Por eso a esta fase del ascenso se le conoce como la zona de la muerte.

Avancé con una gran motivación, con esa fortaleza que nace del deseo de estar siempre dispuesto y decidido a llegar a la cumbre.  Los montañistas que no tienen esa llama interna nunca alcanzan la cima.  Ahí reside la diferencia entre quienes llegan y quienes no llegan.

Empecé a avanzar rápidamente a pesar de estar en una cota de altura en la que nunca había estado antes sin oxígeno suplementario.  Me sentí muy bien y continué ascendiendo.  Tente y el resto de expedicionarios iban a unos 200 metros.  Avancé hacia una ancha pared como de 55 grados de inclinación que requería de toda la concentración para progresar por ella, teniendo en cuenta la altitud alcanzada.

Cuando iba en la mitad de esta pared empecé a ver a varias personas que descendían, la gran mayoría haciendo uso de oxígeno suplementario.  Yo continuaba ascendiendo paralelamente a ellos.  De repente empecé a ver que se acababa la verticalidad y que cada vez el horizonte se ampliaba más y más.  Encontré a Tente que venía ya de bajada.  Lo felicité y él me abrazó y dijo: “estás a 50 metros de la cumbre”.  Le dije: “bueno, trataré de alcanzarte en el descenso”.  Me invadió una alegría indescriptible y continué avanzando con los ojos encharcados de felicidad.

Traté de llegar rápido a la cumbre por si había alguien que me pudiera tomar unas fotografías.  Había dos escaladores, uno de los cuales acababa de emprender el descenso.  Pero el que aún estaba en la cumbre, que ya se disponía a bajar, se prestó gentilmente para la tarea fotográfica. Posteriormente me enteraría que era un suizo que iba con la expedición italiana.

Me quité las gafas de montaña y aquel hombre, al ver las lágrimas en mis ojos, me abrazó efusivamente.  Le pasé mi cámara, saqué la bandera de Colombia, esperé la foto, y luego me fotografió con la bandera de mi patrocinador: IC, Inversiones Carrizosa.  Tomó algunas otras fotos, pero en algunas de ellas él ponía el dedo en el lente y yo trataba de explicarle que debía quitarlo, pero la barrera idiomática y la lentitud de pensamiento dificultaban nuestra comunicación.  Al fin comprendió y tomó bien unas pocas fotografías más, para luego emprender rápidamente el descenso.

Permanecí solo en la cumbre, ahondando en mí mismo y en mis sentimientos.  Di gracias a Dios por todo lo vivido y saqué las ofrendas que llevaba, conmemorativas de personas amadas.  Tomé algunas fotos del imponente paisaje y luego saqué el teléfono satelital que llevaba en el bolsillo e hice tres llamadas.  Llamé primero a Alberto, mi patrocinador, compañero de sueños, pues me sentía con él en la cumbre.  Luego llamé a Tatiana, mi esposa y luego a mi mamá y a mi hermana, todas ellas igualmente conmigo en la cima en esos momentos.  Fue mucho lo que lloré y dije, y tal vez ellos recuerden mejor mis palabras, porque la alegría era tal y era tan reducida la lucidez sin el oxígeno, que posteriormente ellos me harían comentarios sobre cosas que no recuerdo haber dicho.

Habían transcurrido exactamente dos años desde el día en que tomé la decisión de llegar allí, y ahora los sueños se habían convertido en realidad.  La satisfacción que reporta un momento cumbre es indescriptible, aunque todos sabemos que la felicidad está igualmente en cada paso del camino: cuando concibes un proyecto, cuando lo alimentas con tus pensamientos, cuando pones amor en lo que haces, cuando te esfuerzas y avanzas, cuando caes y te levantas… en fin, cuando perseveras.

Epílogo: estas historias llevan a otras historias, a otras cumbres, a otras aventuras. Este escrito estuvo en mi computador durante ocho años. Absorto en mi mundo de traducciones y libros, perdí todo contacto con Fernando. Hoy (8 de mayo de 2012) al pulir el artículo para publicarlo en este blog, escribí a Fernando (fácilmente rastreable a través de su sitio web) y al preguntarle por su vida y asuntos, acaba de escribirme:

“Luis Eduardo qué bueno que me escribes, te cuento que estoy en Colombia buscando patrocinio, trabajando para terminar el proyecto. Ya llevo 14 expediciones y 7 cimas alcanzadas. La verdad la vida me ha dado muchas vueltas y he pasado duras y maduras pero sigo adelante con el mismo entusiasmo por seguir viviendo mi vida de manera intensa para no tener nada de que arrepentirme; ha sido duro y en ocasiones desestabilizadora pero siempre pa’lante. Tendríamos que tomar una buena botella de vino y conversar.
Voy a leer lo que enviaste y seguimos hablando. Un abrazo”

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