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Fernando González

Pensamientos seleccionados del filósofo vivencial
FERNANDO GONZÁLEZ OCHOA

Precedidos por una breve reseña biográfica

Por Luis Eduardo Yepes

Quienes buscan acercarse más a sí mismos y desentrañar un poco más el propósito de la vida, encontrarán en las reflexiones de Fernando González una invaluable fuente de inspiración. Luego de incluir un recuento rápido de su vida, presentaremos una muestra representativa de su pensamiento, fiel mapa del recorrido interior de un caminante que supo abrirse paso hacia una consciencia más alta y más amplia. En el sitio web dedicado a él se pueden descargar gratuitamente todos los libros de su autoría: http://www.otraparte.org.

RESEÑA BIOGRÁFICA

F González Ochoa

El filósofo vivencial Fernando González Ochoa nació el 24 de abril de 1895 en Envigado, Antioquia, y murió en 1964. Sobre su infancia, él mismo nos dice: “Yo era blanco, paliducho, lombriciento, silencioso, solitario. Con frecuencia me quedaba por ahí parado en los rincones, suspenso, quieto. Fácilmente me airaba, y me revolcaba en el caño cada vez que peleaba con los de mi casa (Citado por Félix Ángel Vallejo en Retrato vivo de Fernando González, Colina, Medellín, 1982, p.: 44.).

Hizo sus estudios de primaria en una escuela religiosa, y luego estudió hasta quinto de bachillerato como interno en el Colegio de San Ignacio de Loyola, dirigido por los padres jesuitas, año del cual fue expulsado por sus precoces y excesivas lecturas, por transmitir sus inquietudes filosóficas a sus compañeros y por su desatención a las estrictas normas religiosas, según se desprende del informe que enviara el rector del colegio a don Daniel González, padre del muchacho. Gracias a esta expulsión —su marginamiento del mundo académico duraría tres años— surgió su primera obra: Pensamientos de un viejo, que saldría a la luz pública en 1916, presagiando lo mucho que tendría por decir en años posteriores.

En 1917 se graduó como bachiller en filosofía y letras de la Universidad de Antioquia, y pocos años después dicha universidad le otorgó el título de abogado. Allí validó un buen número de materias gracias a sus excepcionales dotes. Su actividad como abogado la ejerció esporádicamente como complemento a su intensa labor de escritor.

En 1922 contrajo matrimonio con Margarita Restrepo Gaviria, mencionada a menudo en sus libros como Berenguela, en quien encontró no sólo una gran compañera sino una lectora sensible e inteligente. Cuando salió la primera edición de Viaje a pie, escribió para ella: “A veces creo que no eres mi cónyuge, sino mis alas”. Margarita era hija de Carlos E. Restrepo, ex presidente de la República de Colombia, quien con el tiempo se convertiría en buen amigo y confidente de Fernando González.

La producción literaria e intelectual de Fernando González fue abundante, particularmente entre 1929 (Viaje a pie) y 1941 (El maestro de escuela). Durante estos años escribiría la mayoría de sus obras: Mi Simón Bolívar (1930), Don Mirócletes (1932), El Hermafrodita dormido (1933), Mi Compadre (1934), Salomé, concebida y registrada en sus apuntes de esos años, aunque sólo vería la luz pública en 1984, contenía las ideas madre de una de sus mejores obras: El remordimiento, publicada en 1935. Otras obras de esa época fueron Cartas a Estanislao (1935),Los negroides (1936) y Santander (1940).

Desde mediados de la década del 40, la vida de Fernando González entra en una etapa de receso como escritor y vive una mayor introspección, gracias a lo cual en los últimos años de su vida sorprende con nuevas obras: Libro de los viajes o de las presencias (1959) y La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (1962). A todo esto se suma la producción intelectual de su correspondencia, entre ella la sostenida con su suegro Carlos E. Restrepo, el sacerdote catalán Andrés Ripol, el jesuita Antonio Restrepo y su hijo Simón, así como la actividad en su revista Antioquia, de la cual entre 1936 y 1945 editó 17 números.

Su obra fue elogiada por importantes escritores de su época como Gabriela Mistral, Azorín, Miguel de Unamuno y José María Velasco Ibarra, entre otros. La escritora chilena Gabriela Mistral, primer premio Nobel de Literatura en 1945, con quien González sostuvo correspondencia, dijo alguna vez:

“Los libros de Fernando me sacuden hondamente. Hay en él una riqueza tan viva, un fermento tan prodigioso, que ello me recuerda la irrupción de los almácigos en humus negro. ¡Es muy lindo estar tan vivo!”.

Ernesto Cardenal, poeta nicaragüense, dijo: “¿Quién es Fernando González? Es un escritor inclasificable: místico, novelista, filósofo, poeta, ensayista, humorista, teólogo, anarquista, malhablado, beato y a la vez irreverente, sensual y casto… ¿Qué más? Un escritor originalísimo, como no hay otro en América Latina ni en ninguna otra parte que yo sepa”.

Como punto final a esta breve biografía, valga mencionar su célebre Otraparte, hoy convertida en casa museo. Allí, cerca al Parque del Municipio de Envigado, González construyó una bella casa, de estilo colonial, con la ayuda del arquitecto Carlos Obregón, el ingeniero Félix Mejía Arango (Pepe Mexía) y el connotado pintor e ingeniero Pedro Nel Gómez. En el libro Fernando González, filósofo de la autenticidad, Javier Henao Hidrón relata:

En los últimos años de la vida de Fernando González, Otraparte se convirtió en un lugar casi mítico. El nombre se hizo popular, y solía ser pronunciado con admiración y respeto. Al maestro empezaron a llamarlo “El mago de Otraparte” y con frecuencia fue visitado por jóvenes e intelectuales ansiosos de conocerlo.

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Los siguientes pensamientos, cuidadosamente seleccionados, forman parte de mi recopilación “ALGUNAS VERDADES DE FERNANDO GONZÁLEZ”, publicada por Editorial Colina, Medellín, 1997. ISBN: 958-638-199-4. En dicha obra se cita el libro específico de donde fue tomada cada cita. En la sección Libros, Algunas verdades de Fernando González, pueden verse abundantes textos de este gran filósofo: https://luiseduardoyepesc.wordpress.com/mis-libros/algunas-verdades-de-fernando-gonzalez/  Recuérdese que en el sitio web dedicado a él se pueden descargar gratuitamente todos los libros de su autoría: http://www.otraparte.org.

La alegría está en el poder de la consciencia.

El hombre no es fin, sino comienzo, y la tierra no es sino uno de los palacios del espíritu.

El único verbo sustantivo es ser; los demás son adjetivos. Se es. Lo demás es sacar, manifestar, hacer, devenir.

Si miro suplicantemente ansioso, me empobrezco.

Controlaré lo más que pueda todas mis actividades, para ir adquiriendo voluntad que sea como lava que se asoma al cráter.

El hombre disperso nada hace. Ninguna substancia obra si no está concentrada.

Perpetua lucha es la vida del hombre. Concentrarse es el método para vencer.

Toda consciencia fuerte forma un vórtice al universo y atrae la energía en su ayuda.

No tiene valor lo escrito o lo realizado sino en cuanto desenfunda el alma.

Así como a medida que la vista es más aguda distingue un mayor número de matices, a medida que nuestra sensibilidad aumenta, gustamos un mayor número de formas en el amor.

Así como para el amante la amada tiene cada día un nuevo misterio, de igual manera lo tiene la vida para el buen vividor.

¿Qué es nuestro sino nuestra alma desnuda y bella como una rosa?

Señal de sabiduría es cuando el hombre, teniendo un alma fogosa, logra dominarla y hacerse un exterior flemático. “No corras, dice el filósofo a su alma inquieta; las cosas que quieren dejarse coger esperan siempre”.

La lectura se debe mirar como un medio para acostumbrar nuestra vista a un mayor número de matices en la vida.

Cada verdad tiene tantos aspectos como hombres hay, y todo aquel que se estudie llegará a ella por un sendero original.

Estad atentos para recoger la imagen que la vida deje al pasar por vuestro ser. No imitéis el estilo de ninguno, por admirable que sea.

Las naturalezas nobles se levantan más alto mientras más fuerte es la caída.

La pedagogía consiste en la práctica de los modos para ayudar a otros a encontrarse; el pedagogo es partero. No es el que enseña, función vulgar, sino el que conduce a los otros por sus respectivos caminos hacia sus originales fuentes.

Amo la vida porque es una oportunidad.

No puedo vivir sino ebrio de amor por la vida.

El fin de la vida es llegar a la muerte con el cuerpo consumido por la jornada y el alma como luna que se asoma.

Cuando se ha oído a la consciencia y no se obedece, se camina en las tinieblas.

Estamos sometidos al tiempo, que se compone de segundos, y a la vida, que se compone de detalles. Ganaremos la vida con el sudor de la frente; no se adquiere consciencia sino con el estudio y la meditación, poco a poco.

¿Cuándo será que pasemos a otro plano de consciencia en que percibamos el ego como una entidad? Hoy nos parece imposible; somos mucha carne y osamenta. Nuestro plano de consciencia es aún muy inferior.

El amor es la tendencia a la unificación. Sabio es el que ha sentido vivir el universo y ha vivido con él.

Cuando el alma tiende con mayor pasión hacia el todo es cuando produce sus mejores obras. La norma del artista será: no saciar su alma sino esperar que ésta, por efecto de su gran tensión, busque el medio de aligerarse, produciendo obras maestras.

El secreto está en la fuerza interna que derrama al exterior sin que lo sepamos. La vitalidad lo embellece todo.

Simón Bolívar estuvo montado a caballo durante treinta años, dedicado únicamente a la creación de hombres y de patrias….y en la autopsia encontraron que sus nalgas se habían convertido en dos callosidades. ¡Cuán hermosa, en este sentido, la vejez! Debe ella consistir en un cuerpo destrozado por la acción; en una gran luz interna; en una conciencia dilatada en un cuerpo arrugado y terroso. Por dentro está el fruto de la acción y en el cuerpo la prueba de que se ha vivido.

Acostarse sobre la hojarasca, bajo los árboles del bosquecillo, durante días, para esperar que nos llegue la voz secreta del espíritu: es como un alumbramiento. Apenas mi espíritu se purifique de papel sellado, creará una obra limpia, temblorosa de emoción y que haga sentir algo de la Divinidad. Quiero acercarme al Dios escondido en la zarza.

Este mismo continuo gozo y temor y dolor y ansia y conciencia, ¿qué serán? Un indicio, leve indicio, de que soy un prisionero en mi figura de carne y huesos que giro alrededor de la conciencia una, como los astros y los soles alrededor de un gran sol.

El Universo está lleno de maravillas. Ellas son mías, están en mí, en el instante presente. ¿Por qué ansío otra parte y otro día? Ahora, en este vocablo, en este segundo, está todo Dios, toda la belleza y felicidad y poder. No me desesperaré y no esperaré, pues todo lo poseo. Estoy seguro de que la alegría me buscará y que la evolución es inexorable. Nada que yo no deba ser (porque el poder está en mi interior) seré.

Soy feliz porque el instante presente es mi reino. Esa es la sabiduría. Todo está en el instante presente. El instante presente es como un manjar que contuviera todos los sabores, los cuales se percibirían en cuanto se les atendiera. Caminamos a empujones, bregando, porque no atendemos al instante, que es Dios, lo real, sino al sueño del futuro, una bomba ilusoria. Absorbo fuerza del instante; absorbo salud, belleza y gloria.

El fin más noble del hombre consiste en averiguar de qué modo se hará más consciente. Y practicándolo. ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo evitar? Esas son las preguntas por excelencia.

Un capullo va abriendo los pétalos: deviene. Un renacuajo adquiere bronquios, bota la cola… deviene. Devenir es cumplir o manifestar lo que se es. La niña tiene en sí la belleza de la mujer y la manifiesta. Por eso el deber del hombre es devenir su conciencia.

Siete grados de conciencia hay en el hombre: orgánica, familiar, cívica, patriótica, continental, terrena y cósmica. Siete grados visibles para todos, netos. Pero en realidad existen muchos matices y puede suceder que un hombre que viva esencialmente en el primer grado, tenga instantes en planos superiores.

El sabio ha hecho que su conciencia, por decirlo así, avance sus raíces, como inmenso árbol, a través de todo lo que existe, para nutrirse de ello. La conciencia es todo en el hombre y el secreto de la sabiduría consiste en vivir con todas las cosas.

A mayor conciencia, mayor universalidad. Por eso, nuestro fin es concienciarnos; extender nuestras raíces a través de lo existente para percatarnos más y más y más, hasta penetrar en las cercanías de un foco sagrado, cuyo nombre me es vedado pronunciar…

Tenemos hasta ahora el concepto de conciencia orgánica: es la percepción unificada del propio cuerpo, sintetizada en la palabra yo. Quien no ha pasado de ahí, al decir yo expresa su cuerpo únicamente. El yo de cada uno encierra aquello de lo que se ha apropiado.

Pero tenemos que da un paso más el hijo de Dios, y le nace la conciencia familiar. Su yo encierra a sus hijos, su compañera, su hogar. Tenemos luego la conciencia ciudadana. El ciudadano, al decir yo, expresa más cosas como propias; es más unificado: en él aumenta el yo y disminuye lo exterior.

El hombre de conciencia continental incluye en su yo a un gran lote terrestre, limitado por océanos, con muchas patrias. En este siglo hay varios hombres así. Es un estado de conciencia muy hermoso.

En el estado de conciencia terrena el hombre tiene dentro de suyo, apropiado, todo el globo terrestre y sufre y goza con él y con sus destinos. Aquí está Mahatma Gandhi. Los felices que han llegado aquí son como árboles corpulentos arraigados en la tierra toda. ¡Oh Mahatma Gandhi, que iluminas el mundo desde hace 40 años! ¡Por ti se cree en el hombre! ¡Mahatma!, desde aquí, desde mi remoto pueblo, invoco para tus luchas la energía innominada…

En el hombre de conciencia cósmica desaparece en el yo, o mejor, se infunde en él todo lo manifestado. “Yo soy el que es”. De ahí no sigue sino el Dios escondido en la zarza ardiente.

Repite, hasta asimilártela, la siguiente frase: somos cósmicos, hijos de Dios. Expándete hasta donde lo permita la intensidad de tu espíritu, hasta echar raíces en los astros. Realiza en ti el hecho de que estamos flotando, circulando, a través del espacio. La tierra abrazada por el sol. Somos tan hijos del sol como de la tierra. ¿No percibes que ésta es poseída por el sol? ¿No percibes que el espacio está todo unificado? Somos uno con el agua en que nos hundimos, con el musgo que olemos, con el universo que se entra por nuestros poros.

Sé que existo: Eso es conciencia. Sé que amo: Es conciencia. Sé que soy en el todo: Suprema conciencia. Sentir los astros, los ángeles o rishis, a Dios. Eso es devenir.

¡Cuánto se profundizan los que viven encerrados en un amor! La fuerza anímica al no dilapidarse en variadas impresiones y emociones, ahonda y libera. Hay algo que es diferente de los deseos y de las intelecciones: la esencia.

¡Aquietarse! Generalmente estamos en tensión; sale en chorros la energía cuando vamos anhelantes como los perros que corren con la lengua fuera… Siempre que deseamos o que tendemos, los músculos están tensos en determinadas partes del organismo y hay inhibiciones y derrames de energía aquí y allá. Aquietarse consiste en tranquilizar todo el organismo y dominarlo, de modo que no haya hiperestesias. El movimiento rítmico es el distintivo del hombre aquietado.

¡Nada me urge! Yo no soy un esclavo; mi ser no está hecho sino para la alegría. ¡Que mi cerebro jamás se obnubile ni se caliente como motor de automóvil! ¡Que yo jamás corra o me desespere! ¡Firme, Lucas, firme!

Ayer percibí que hombres y acontecimientos están buscando, atisbando al lento y al pletórico para entregársele.

Nunca discutas acerca del espíritu; deja a cada uno en el lugar que ocupa, absorbiendo lo que pueda. La vida es una ascensión o un descenso, a la larga siempre un ascenso, y cada uno ocupa su puesto.

Contenerse: Esta gran fórmula para ascender en conciencia, consiste en no dejarse poseer. El hombre es por sí mismo, como hijo de Dios, muy grande, lo tiene todo. No creáis que la sabiduría esté fuera y que el hombre tenga que ir a cogerla, a aprehenderla: Está en uno mismo, pues somos microcosmos. Así, cuando me detengo ante los escaparates de una librería y veo obras de los hombres espirituales, pienso, para contenerme: Lo que digan ahí, los modos nuevos de decir, las imágenes, paradojas y sutilezas están en mi alma, y allí debo leerlas. Es un pecado contra uno mismo pensar y obrar como inferior a otros.

¡Cuán bella es la vida para el metafísico! Es él quien percibe lo que hay debajo de los fenómenos; el que adivina el hilo madre que sirve de eje para la tela efímera del devenir. ¡Y generalmente se percibe a sí mismo como esencia! Imaginaos una muchacha variada y ricamente vestida. Pues el metafísico es el único para quien ella se desnuda. Los demás, el físico, el matemático, etc., están ocupados en examinar sus vestidos. ¡Nosotros somos los verdaderos amantes de esta muchacha!

Toda nuestra actividad, y más aún, los mundos todos, son el surgir de la esencia.

Recogerse. Significa retraer todos los deseos, los tentáculos que ha sacado el fluido nervioso hacia el mundo exterior. Significa unificarse, aislarse con todo lo suyo en uno mismo. Significa evitar que el pensamiento se vaporice, que se dilate la voluntad. Significa comprimirse en un solo núcleo duro, egoísta. Consiste en no amar, no desear, no pensar, ponerse en guardia contra todo. Con este método se adquiere lo que se llama estado positivo. Nuestro joven practica este método durante el treinta por ciento de su tiempo. Y después, sale el pensamiento o el deseo, controlados por la voluntad metodizadora, con una fuerza inverosímil.

El joven pragmatista es impasible. Dice: Todo esfuerzo que hagas para atraer a ti los seres y las cosas es un desperdicio; la fuerza atractiva obra cuando está concentrada en el interior. En todo movimiento de impaciencia, en todo esfuerzo brusco se pierde gran cantidad de ese algo que llamamos vitalidad. La fuerza acumulada durante la indiferencia atrae como imán las cosas buenas. Sólo suceden aventuras deliciosas a quien no las busca. El hombre es vitalidad, acumulador de vitalidad, y es preciso ser metódicos. La vitalidad conserva el organismo después de formarlo y lo defiende; cuando esa fuerza nos abandona, enfermamos y morimos.

Acostados bajo el árbol frondoso, meditamos acerca de la energía. Somos depósitos de poder, así como la naranja es dorado globo repleto de jugo. Y se debe obrar siempre, y pensar siempre, de manera que la acción y el pensamiento no consuman toda la fuerza, y de manera que se nos vea a todas horas en actitud de economizadores.

Muchas veces hemos dilapidado nuestra energía como caballo brioso o como joven pródigo. ¡Qué ridícula es la figura del hombre flácido, agotado!

Únicamente obra con fuerza el que lo hace de modo que el acto esté acorde con su conciencia; esto no quiere decir que haya una verdad y que la fuerza esté en ella; significa únicamente que se le infunde vida al acto que emana de nosotros, al que es nuestra verdad.

Es preciso que la escuela sea creadora en vez de enseñadora. Que los maestros no enseñen a los niños, sino que los instiguen a la manifestación. Cada ser humano y cada pueblo tienen su método propio, así como cada fuente tiene su cauce aun antes de manar.

Cada hombre está llamado a llegar al Espíritu con sus propios pies. Cada mente manifiesta en su procedimiento el modo de su auto-expresión. ¿Qué decir de la pintura, la religión, la música, las artes retóricas? Allí es más evidente, que en las ciencias, que el hombre es aljibe, forma a través de la cual mana el Espíritu. En esos dominios, somos canales por donde se manifiesta el Señor que ardía en la zarza egipcia. En tales dominios, el valor está en desnudarnos, en quitar lo que sea de aluvión, así como quitan la tierra y la arena de aporte para llegar a la roca viva de donde brota el manantial.

No buscar satisfacción sino en la conciencia más alta en el instante que se vive; la de ahora será baja respecto de la de luego: tal es el camino del heroísmo. De ahí mi goce en los parques situados en montículos a cuya cima se trepa por círculos concéntricos.

Somos entre dos caminos, el que hunde en las apariencias, cada vez más, y el que sube cada vez a mayor soledad en Dios.

El hombre es un espíritu, un complejo, que debe manifestarse, que debe consumir sus instintos en el espacio y el tiempo; apareció el hombre para manifestarse, para actuar según sus motivaciones. La vanidad impide todo eso; el vanidoso muere frustrado, y tendrá que repetir, pues vivió vidas, modos y pasiones ajenos, o mejor, no vivió.

Hay que vivir cada segundo en belleza, eternamente. Hacerlo todo muy bien. Ser eternos ya, aquí. Se puede muy bien; no es preciso ir. Dios está todo aquí.

¡Un triunfo! Ya varias veces estaba en mi conciencia esta pregunta; pero ahora la formulé, ahora salió más bella que el huevo de la canaria. Es mi parto. De pronto me pregunté: ¿por millones aceptarías dar un poco de tu progreso espiritual o detenerte? No. Un no clarísimo, evidente como el huevo. ¿Y por todos los millones? No. Fue como un derramarse de preguntas. ¿Qué pides? Espíritu a cambio de todo, riquezas, triunfos, amores, alegrías. ¿Nada prefieres al espíritu? Nada.

Si uno no está alerta, siempre en guardia, se repite y es un amasijo de automatismos.

En todas las manifestaciones humanas, filosofía, arte, ciencias, pasiones, triunfa la energía. Es la vida manifestada la que domina. Estando persuadido de esto, el objeto de mis estudios no puede ser otro que la vitalidad. ¿Cómo obra? ¿Cómo se adquiere? Sus manifestaciones; métodos para adquirirla. ¿Qué fue la Paulova sino la energía vital consciente del movimiento vivo, el baile? ¿Qué pudo ser Bolívar sino el que tiene como patrimonio la conciencia de la vida manifestada en pueblos? Pero me comprenderéis mejor contando el modo como he llegado a estas vislumbres de la vitalidad y describiéndolas una a una. El modo ha sido vagando por las calles, observando a mis amigos y parientes, asistiendo a tumultos, sermones, ejercicios espirituales, mesas eleccionarias, teatros. He sido socrático y nada le debo a libros, que son imágenes apenas de la vida.

Bello es lo que produce en el hombre una incitación a la perfección. Así como para averiguar si un acero está imanado, se le acerca una aguja, para saber si un objeto es bello, se le presenta al hombre. Si hay incitación, estímulo vital, el objeto es bello. ¿Ningún efecto? Es indiferente, y es feo si hay repulsión.

El secreto del arte consiste en lograr que la obra, estatua, cuadro, escrito o acción, sea apenas vestido bajo el cual vibre la idea como pecho de joven bajo la tela.

A cada dos minutos miro para el cielo y llamo a la Belleza, al que está escondido, y has de saber que oigo el ruido de sus alas, cada vez más, cada vez más. Es como la aurora, que cada vez más, cada vez más.

Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista.

No es el ruido externo el que nos aturde; es el grito de las pasiones. Conquistado el silencio ¿qué importan los lloros infantiles y el fracaso humano?

No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas medio propincuo para acallar la propia algarabía.

¿Llegaré al Silencio? ¿Podré presentir, pregustar, preoír al Silencio antes de irme? Sí, ya. Si nos negamos ya, ya es Silencio.

En el Silencio no hay humildad ni orgullo, obediencia ni mando, pobreza ni riqueza, bien ni mal ¡Es el Silencio! Nada hay por encima ni por debajo del Silencio, que es la Paz.

El fin del hombre es dormirse en el Silencio. No se dirá “murió”, sino “lo recogió el Silencio”, y no habrá duelos, sino la fiesta silenciosa, que es Silencio.

La fuerza divina es la vida, y cuando un hombre es constante y no se dilapida en múltiples deseos, vicios y pasiones, tal fuerza parece milagrosa en sus resultados.

Sé íntimo, y en proporción a tu intimidad desaparecerá el miedo y toda nada.

La Intimidad. A ésta la hallarás en ti mismo, en la perfecta muerte de tu vanidad,

El valor de una existencia se mide por el grado de desnudez íntima que resultó de ella.

La única condición, la sine qua non, es la verdad, que cada uno se monte en su Rocinante propio. Y el que lo hiciere es igual al que vaya montado en el mejor caballo, porque el mejor caballo para este viaje es la honradez absoluta consigo mismo.

El tiempo se siente evidentemente como tesoro invaluable que malgastamos siempre. El punto álgido de la agonía, cuando ya vamos a expirar, es eso: vivencia nítida y única de no haber aprovechado el tiempo para la Intimidad: “Lo malgasté” es la última, cruelísima vivencia.

¿Qué hiciste de tu tiempo? ¿De esa oportunidad única para concienzarte? Esas son las postrimerías del hombre: juicio, infierno y gloria.

Y no busques “otra vida”. La Vida es única. Otra vida es creación de tu apariencia. Vive netamente lo que eres. Paladea, gusta, padece, digiere tu representación de cada momento y estarás en la Intimidad. Que tu religión sea: amor y asombro en tu vivencia de cada instante.

La verdadera religión: adorar la Intimidad en mi representación, sinceramente, sin otra finalidad; rendirme a la verdad viva y entregarme a quien sé que está en mí y yo en Él.

Nadie pasa al cielo llevado. Tiene que parirse a sí mismo en agonía, y nadie puede ayudar a agonizar. Se muere solo; se nace solo. Son negocios íntimos, y la representación sí es social. Esto se reduce al gran principio de mi pedagogía: que los discípulos digieran sus vivencias. Ellas son su tesoro en la tierra, y el maestro es apenas como diastasa, como enzima para esa digestión y para el nuevo nacimiento.

“Dijo Jesús a Nicodemus: ¿Eres tú maestro en Israel y no sabes que hay que nacer de nuevo? —¿Y cómo me meto nuevamente en el útero de mi madre? —¿No sabes que hay que nacer de nuevo en el bautismo de sangre y fuego?”.

Apenas se siente la Intimidad, el camino es fácil, las jornadas rinden cada vez más y se marcha con miradas a horizontes lejanos: parece que fueran cesando los bienes y males, y que ya va a aparecer sólo la Intimidad, el Padre nuestro. Lo difícil es tener la revelación, nacer de nuevo. Pero una vez recibida, la muerte va quedando vencida.

Infierno, igual a ignorancia, oscuridad, con sus ansias y pasiones. Cielo, igual a vivencia-conocimiento, con sus noches cargadas de silencio.

¿Cómo se debe vivir, pues? Aceptándote en tu suceder, vivir tu vida, meditarla en el recogimiento, llamando a la Intimidad.

Amar, por sobre todas las cosas, a eso que se siente, se vive, en cada instante; y no mentir nunca, ni ocultarse a la mirada de la conciencia: eso es Dios en ti.

Una vez confesada una vivencia con honradez absoluta, se presiente la Intimidad: Dios en nosotros. Y brota un amor nuevo, irresistible y en aumento, a la Intimidad entrevista y que tiene fuerza creadora infinita.

La reconciliación es el estado más alto a que puede llegar un existente. Es aquel estado en que uno se acepta a sí mismo y se manifiesta con absoluta verdad tal como es: vivencia sucediéndose en la Intimidad.


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