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Dos grandes mujeres

WANGARI MAATHAI
PREMIO NOBEL POR SU COMPROMISO PLANETARIO

Wangari MaathaiEl Premio Nobel de la Paz fue otorgado en el año 2004 a una mujer africana de 64 años, madre de tres hijos, conocida en su país como Mujer Árbol por sus iniciativas y acciones en favor del medio ambiente, la democracia y el mejoramiento de las condiciones de vida en el continente.

Nacida en 1940 en una aldea de la etnia kikuyu, sin las facilidades mínimas de luz eléctrica ni agua corriente, Wangari Maathai vivió una infancia difícil, sometida a prácticas culturales opresivas y a un régimen político colonial. Su madre, de quien Wangari dice que “fue quien me incitó a plantar algo por primera vez”, la matriculó en un colegio de monjas. Por su rendimiento académico recibió una beca para estudiar en Estados Unidos, donde se licenciaría y obtendría su primer postgrado. Posteriormente obtuvo un doctorado en Biología.

Wangari tuvo la visión y la persistencia para buscar y aprovechar las oportunidades de educación que otros países le ofrecían, y también el amor para regresar al suyo y entregarle, junto con sus conocimientos, lo mejor de sí misma: su pasión, liderazgo y capacidad de compromiso.  Su obra más importante ha sido la fundación en 1977 del Movimiento Cinturón Verde (Green Belt Movement), un grupo de amplia repercusión mundial que hizo de la siembra de árboles su vida y pasión. Integrado especialmente por mujeres, combina el desarrollo comunitario con la protección medioambiental, difundiendo entre los habitantes de Kenia que viven en condiciones de pobreza la idea de que plantar árboles puede mejorar sus vidas, las de sus hijos y las de las futuras generaciones.

Desde entonces, el movimiento ha conseguido que se planten en Kenia 40 millones de árboles, ha creado 80.000 puestos de trabajo en viveros forestales, ha extendido sus semillas a Tanzania, Uganda, Malawi, Lesotho y Zimbabwe y se ha convertido en modelo mundial en materia de reforestación, defensa del medio ambiente y emancipación de la mujer. En una entrevista en el año 2000, publicada en Speak Truth to Power y reseñada en la página web de Green Belt Movement, Wangari dice:

 Hemos iniciado programas en cerca de veinte naciones. Lo más importante es ver cómo la gente común puede ser motivada a hacer algo por el medio ambiente. Se trata principalmente de un programa educativo; implícita en la acción de sembrar árboles hay una educación cívica, una estrategia para darle poder a la gente e infundirle ese sentimiento de tomar su destino en sus manos, venciendo el miedo, de manera que puedan defenderse y defender sus derechos ambientales.

En su discurso en el Ayuntamiento de Oslo al recibir el premio Nóbel, el 12 de diciembre de 2004, Wangari dijo:  Sembrar es una experiencia muy interesante para quienes lo hacen, porque es como si los árboles les hablaran. Ellos se convierten en sus propios embajadores. A medida que crecen, los árboles infunden confianza y esperanza y transforman la tierra. Cuando el paisaje se transforma, incluso los pájaros y los animales más pequeños regresan; hay menos polvo y hay sombra cuando caminas por los senderos. De repente hay un buen sentimiento en la comunidad: no es necesario persuadirlos para que planten más árboles, porque ya conocen su valor.

La siembra masiva de árboles liderada por esta mujer africana es una prueba tangible de lo que puede lograr una pasión creadora despierta, empeñada en hacer aportes significativos para la solución de los grandes problemas ecológicos y sociales de nuestro tiempo.

 

HELLEN KELLER
PASIÓN CREADORA DESDE LAS LIMITACIONES

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En Helen Keller, sorda y ciega desde los 19 meses de edad, la pasión creadora es fuerza que sobrepasa rocas y obstáculos, tierra fértil en la que se arraiga el deseo de asumir la vida como una gran aventura. No por casualidad el célebre escritor Mark Twain la consideró como una de las personalidades más significativas de su siglo.

Sumida en la incomunicación en sus primeros años, posteriormente describiría lo que era su mundo antes de conocer a su maestra:

El día más importante de mi vida fue cuando conocí a mi profesora, Anne Mansfield Sullivan. Me maravillo al considerar el enorme contraste entre las dos vidas que se conectaron en ese momento. Fue el tres de marzo de 1887, tres meses antes de cumplir yo los siete años.  (…) ¿Has estado alguna vez en el mar, en una densa niebla, sintiendo como si una tangible oscuridad blanca te golpeara, y el gran barco, tenso y ansioso, buscara a tientas su ruta hacia la orilla, lanzando la plomada con su cuerda de sondeo, y con el corazón palpitante a la espera de algo por ocurrir? Yo era como ese barco antes de que se iniciara mi educación. Allí estaba, sin plomada ni cuerda, y sin forma de saber qué tan cerca estaba el puerto. “¡Luz! Denme Luz” era el mudo grito de mi alma, y la luz del amor brillaría en mí justo en esa hora.

The Story of My Life. Capítulo IV. Página 13. Editado por John Albert Macy. New York: Doubleday, Page & Company, 1905. Traducción nuestra.

Habiendo sido semividente a raíz de una fiebre en su infancia, Anne conocía mejor que nadie la forma de superar las limitaciones visuales, y con sus conocimientos logró rescatar a Helen de su aislamiento. Bajo su tutoría, la niña pronto comprendió algo que para nosotros es tan normal que casi nunca pensamos en ello: descubrió la relación existente entre los objetos y las palabras.  En el libro La historia de mi vida, publicado a sus 22 años, Helen relata cómo le fue revelado el misterio del lenguaje:

Caminábamos por un sendero hacia el pozo, atraídas por la fragancia de las madreselvas que abundaban en el lugar. Alguien tenía abierta una llave de agua y mi maestra puso mi mano bajo el grifo. Mientras el chorro de agua fresca caía sobre una de mis manos, ella deletreó en la otra mano la palabra “agua”. Primero lo hizo lentamente y después con rapidez. Me quedé quieta, con toda mi atención puesta en el movimiento de sus dedos. De repente tuve una nebulosa consciencia de algo olvidado: el estremecimiento por un pensamiento que regresaba. Y de alguna manera, el misterio del lenguaje me fue revelado. Comprendí que “a-g-u-a” significaba ese algo fresco y maravilloso que estaba corriendo sobre mi mano. ¡Aquella palabra viva me despertó a la realidad de mi alma, me infundió luz, esperanza, dicha y libertad! Aún había barreras, es cierto, pero con el tiempo podían ser eliminadas.

The Story of My Life. Página 14. Editado por John Albert Macy. New York: Doubleday, Page & Company, 1905. Partes I y II por Helen Keller (1880-1968); Parte III de cartas e informes de Anne Mansfield Sullivan (ca.1867-1936). Traducción nuestra.

Después de aquel incidente, al regresar a su casa, Helen tocaba cada objeto y al conocer su nombre, el objeto mismo parecía vibrar con vida propia, pues cada cosa y cada nombre suscitaban en ella nuevos pensamientos y asociaciones. En 1890 aprendió a hablar. Más tarde aprendería a usar el lenguaje de los signos, a leer braille, a mecanografiar, bailar y montar a caballo. Asistió a la escuela Wright-Humason para sordos, en Nueva York (1894-96), y a la escuela Femenina de Cambridge (1896-1900). En 1904 se graduó con honores en alemán e inglés en Radcliffe College.  Tras describir la alegría que experimentó cuando conoció personalmente a una actriz teatral, Helen consigna en su libro una inolvidable reflexión:

¿No es cierto, entonces, que mi vida, con todas sus limitaciones, roza en muchos puntos con el Mundo de la Belleza? Todo tiene sus maravillas, incluso la oscuridad y el silencio, y aprendo que sea cual sea el estado en que esté, puedo estar satisfecha. A veces, es cierto, me envuelve un sentido de aislamiento, como una fría niebla que me hace sentir sola y al margen de la vida. Más allá hay luz, música y dulce compañía, pero no puedo entrar. La fatalidad, el silencio, el dolor, cierran el paso. Ya quisiera poder cuestionar este imperioso decreto, porque mi corazón sigue siendo indisciplinado y apasionado. Pero mi lengua no pronunciará palabras amargas e inútiles, las cuales volverán a caer en mi corazón como lágrimas no derramadas. El silencio se asienta, inmenso, en mi alma. Entonces viene la esperanza con una sonrisa y me susurra: “Hay dicha cuando nos olvidamos de nosotros mismos”. Y entones trato de hacer que la luz de los ojos de otros sea mi sol, que lo que otros oyen sea mi sinfonía y que la sonrisa en los labios de otros sea mi felicidad.
Al final del capítulo 22. Página 60. Obra antes citada.

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