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Verdades de F.G.

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Algunas verdades del filósofo colombiano Fernando González
Editorial Hola Colina – Medellín, 1997 – ISBN: 958-638-199-4

Quienes han luchado para buscarse más a sí mismos y han tratado de desentrañar un poco más los secretos del propósito de la vida, sin lugar a dudas que en los escritos de Fernando González encontrarán una fuente invaluable de inspiración. González no es un autor fáciil, como no lo es tampoco el sendero hacia una consciencia más amplia. En él coexisten las altas aspiraciones intelectuales con las más desnudas confesiones de su limitación y vacuidad. Si al leer sus páginas uno se rige por parámetros externos, muy pronto se cerrará la puerta a un conocimiento esencial. Conmueve la osadía de este autor, la habilidad tenazmente desarrollada para mirarse con toda sinceridad en el espejo de sus propias pasiones, y su  firme empeño por trascenderlas, hasta penetrar en su más honda Intimidad.  (Fragmento del prólogo).

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Pensamientos seleccionados del filósofo vivencial
FERNANDO GONZÁLEZ OCHOA

Precedidos por una breve reseña biográfica

Por Luis Eduardo Yepes

Quienes buscan acercarse más a sí mismos y desentrañar un poco más el propósito de la vida, encontrarán en las reflexiones de Fernando González una invaluable fuente de inspiración. Luego de incluir un recuento rápido de su vida, presentaremos una muestra representativa de su pensamiento, fiel mapa del recorrido interior de un caminante que supo abrirse paso hacia una consciencia más alta y más amplia. En el sitio web dedicado a él se pueden descargar gratuitamente todos los libros de su autoría: http://www.otraparte.org.

RESEÑA BIOGRÁFICA

El filósofo vivencial Fernando González Ochoa nació el 24 de abril de 1895 en Envigado, Antioquia, y murió en 1964. Sobre su infancia, él mismo nos dice: “Yo era blanco, paliducho, lombriciento, silencioso, solitario. Con frecuencia me quedaba por ahí parado en los rincones, suspenso, quieto. Fácilmente me airaba, y me revolcaba en el caño cada vez que peleaba con los de mi casa (Citado por Félix Ángel Vallejo en Retrato vivo de Fernando González, Colina, Medellín, 1982, p.: 44.).

Hizo sus estudios de primaria en una escuela religiosa, y luego estudió hasta quinto de bachillerato como interno en el Colegio de San Ignacio de Loyola, dirigido por los padres jesuitas, año del cual fue expulsado por sus precoces y excesivas lecturas, por transmitir sus inquietudes filosóficas a sus compañeros y por su desatención a las estrictas normas religiosas, según se desprende del informe que enviara el rector del colegio a don Daniel González, padre del muchacho. Gracias a esta expulsión —su marginamiento del mundo académico duraría tres años— surgió su primera obra: Pensamientos de un viejo, que saldría a la luz pública en 1916, presagiando lo mucho que tendría por decir en años posteriores.

En 1917 se graduó como bachiller en filosofía y letras de la Universidad de Antioquia, y pocos años después dicha universidad le otorgó el título de abogado. Allí validó un buen número de materias gracias a sus excepcionales dotes. Su actividad como abogado la ejerció esporádicamente como complemento a su intensa labor de escritor.

En 1922 contrajo matrimonio con Margarita Restrepo Gaviria, mencionada a menudo en sus libros como Berenguela, en quien encontró no sólo una gran compañera sino una lectora sensible e inteligente. Cuando salió la primera edición de Viaje a pie, escribió para ella: “A veces creo que no eres mi cónyuge, sino mis alas”. Margarita era hija de Carlos E. Restrepo, ex presidente de la República de Colombia, quien con el tiempo se convertiría en buen amigo y confidente de Fernando González.

La producción literaria e intelectual de Fernando González fue abundante, particularmente entre 1929 (Viaje a pie) y 1941 (El maestro de escuela). Durante estos años escribiría la mayoría de sus obras: Mi Simón Bolívar (1930), Don Mirócletes (1932), El Hermafrodita dormido (1933), Mi Compadre (1934), Salomé, concebida y registrada en sus apuntes de esos años, aunque sólo vería la luz pública en 1984, contenía las ideas madre de una de sus mejores obras: El remordimiento, publicada en 1935. Otras obras de esa época fueron Cartas a Estanislao (1935),Los negroides (1936) y Santander (1940).

Desde mediados de la década del 40, la vida de Fernando González entra en una etapa de receso como escritor y vive una mayor introspección, gracias a lo cual en los últimos años de su vida sorprende con nuevas obras: Libro de los viajes o de las presencias (1959) y La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera (1962). A todo esto se suma la producción intelectual de su correspondencia, entre ella la sostenida con su suegro Carlos E. Restrepo, el sacerdote catalán Andrés Ripol, el jesuita Antonio Restrepo y su hijo Simón, así como la actividad en su revista Antioquia, de la cual entre 1936 y 1945 editó 17 números.

Su obra fue elogiada por importantes escritores de su época como Gabriela Mistral, Azorín, Miguel de Unamuno y José María Velasco Ibarra, entre otros. La escritora chilena Gabriela Mistral, primer premio Nobel de Literatura en 1945, con quien González sostuvo correspondencia, dijo alguna vez:

“Los libros de Fernando me sacuden hondamente. Hay en él una riqueza tan viva, un fermento tan prodigioso, que ello me recuerda la irrupción de los almácigos en humus negro. ¡Es muy lindo estar tan vivo!”.

Ernesto Cardenal, poeta nicaragüense, dijo: “¿Quién es Fernando González? Es un escritor inclasificable: místico, novelista, filósofo, poeta, ensayista, humorista, teólogo, anarquista, malhablado, beato y a la vez irreverente, sensual y casto… ¿Qué más? Un escritor originalísimo, como no hay otro en América Latina ni en ninguna otra parte que yo sepa”.

Como punto final a esta breve biografía, valga mencionar su célebre Otraparte, hoy convertida en casa museo. Allí, cerca al Parque del Municipio de Envigado, González construyó una bella casa, de estilo colonial, con la ayuda del arquitecto Carlos Obregón, el ingeniero Félix Mejía Arango (Pepe Mexía) y el connotado pintor e ingeniero Pedro Nel Gómez. En el libro Fernando González, filósofo de la autenticidad, Javier Henao Hidrón relata:

En los últimos años de la vida de Fernando González, Otraparte se convirtió en un lugar casi mítico. El nombre se hizo popular, y solía ser pronunciado con admiración y respeto. Al maestro empezaron a llamarlo “El mago de Otraparte” y con frecuencia fue visitado por jóvenes e intelectuales ansiosos de conocerlo.

PENSAMIENTOS SELECCIONADOS, incluidos en mi recopilación “ALGUNAS VERDADES DE FERNANDO GONZÁLEZ”, publicado por Editorial Colina, Medellín, 1997. ISBN: 958-638-199-4. En dicha obra se cita el libro específico de donde fue tomada cada cita.

La alegría está en el poder de la consciencia.

El hombre no es fin, sino comienzo, y la tierra no es sino uno de los palacios del espíritu.

Si miro suplicantemente ansioso, me empobrezco.

Controlaré lo más que pueda todas mis actividades, para ir adquiriendo voluntad que sea como lava que se asoma al cráter.

Perpetua lucha es la vida del hombre. Concentrarse es el método para vencer.

Toda consciencia fuerte forma un vórtice al universo y atrae la energía en su ayuda.

Cada verdad que vivimos nos hace libres en el espacio que ella comprende.

El hombre está muy, muy cerca del escarabajo, y cuando medita está cerca de los ángeles.

No tiene valor lo escrito o lo realizado sino en cuanto desenfunda el alma.

Así como a medida que la vista es más aguda distingue un mayor número de matices, a medida que nuestra sensibilidad aumenta, gustamos un mayor número de formas en el amor.

Así como para el amante la amada tiene cada día un nuevo misterio, de igual manera lo tiene la vida para el buen vividor.

¿Qué es nuestro sino nuestra alma desnuda y bella como una rosa?

Esta idea de que el instante presente es lo único nuestro, es muy importante. Quizá en ella resida la sabiduría, la santidad, todas las grandezas y bellezas.

Señal de sabiduría es cuando el hombre, teniendo un alma fogosa, logra dominarla y hacerse un exterior flemático. “No corras, dice el filósofo a su alma inquieta; las cosas que quieren dejarse coger esperan siempre”.

La lectura se debe mirar como un medio para acostumbrar nuestra vista a un mayor número de matices en la vida.

Cada verdad tiene tantos aspectos como hombres hay, y todo aquel que se estudie llegará a ella por un sendero original.

Estad atentos para recoger la imagen que la vida deje al pasar por vuestro ser. No imitéis el estilo de ninguno, por admirable que sea.

El único verbo sustantivo es ser; los demás son adjetivos. Se es. Lo demás es sacar, manifestar, hacer, devenir.

Las naturalezas nobles se levantan más alto mientras más fuerte es la caída.

La pedagogía consiste en la práctica de los modos para ayudar a otros a encontrarse; el pedagogo es partero. No es el que enseña, función vulgar, sino el que conduce a los otros por sus respectivos caminos hacia sus originales fuentes.

Es preciso que la escuela sea creadora en vez de enseñadora. Que los maestros no enseñen a los niños sino que los instiguen a su manifestación. Cada ser humano y cada pueblo tienen su método propio, así como cada fuente tiene su cauce aún antes de manar.

Amo la vida porque es una oportunidad.

No puedo vivir sino ebrio de amor por la vida.

El fin de la vida es llegar a la muerte con el cuerpo consumido por la jornada y el alma como luna que se asoma.

Cuando se ha oído a la consciencia y no se obedece, se camina en las tinieblas.

Estamos sometidos al tiempo, que se compone de segundos, y a la vida, que se compone de detalles. Ganaremos la vida con el sudor de la frente; no se adquiere consciencia sino con el estudio y la meditación, poco a poco.

¿Cuándo será que pasemos a otro plano de consciencia en que percibamos el ego como una entidad? Hoy nos parece imposible; somos mucha carne y osamenta. Nuestro plano de consciencia es aún muy inferior.

El amor es la tendencia a la unificación. Sabio es el que ha sentido vivir el universo y ha vivido con él.

Cuando el alma tiende con mayor pasión hacia el todo es cuando produce sus mejores obras. La norma del artista será: no saciar su alma sino esperar que ésta, por efecto de su gran tensión, busque el medio de aligerarse, produciendo obras maestras.

El secreto está en la fuerza interna que derrama al exterior sin que lo sepamos. La vitalidad lo embellece todo.

Simón Bolívar estuvo montado a caballo durante treinta años, dedicado únicamente a la creación de hombres y de patrias….y en la autopsia encontraron que sus nalgas se habían convertido en dos callosidades. ¡Cuán hermosa, en este sentido, la vejez! Debe ella consistir en un cuerpo destrozado por la acción; en una gran luz interna; en una conciencia dilatada en un cuerpo arrugado y terroso. Por dentro está el fruto de la acción y en el cuerpo la prueba de que se ha vivido.

Imitemos la educación que recibió el Libertador: Pongamos al sol, a toda la energía, cada parte de nuestros cuerpos desnudos. Pongamos al sol nuestras glándulas seminales y dejemos que él penetre en todos nuestros esfínteres. Así fue educado Simón Bolívar, entre el agua, entre el aire. Nosotros hemos vivido entre los libros. Para rehacer a Colombia debemos enseñar a los niños el amor cósmico; alejarlos de las letanías, de las escuelas sentadas”.

Acostarse sobre la hojarasca, bajo los árboles del bosquecillo, durante días, para esperar que nos llegue la voz secreta del espíritu: es como un alumbramiento. Apenas mi espíritu se purifique de papel sellado, creará una obra limpia, temblorosa de emoción y que haga sentir algo de la Divinidad. Quiero acercarme al Dios escondido en la zarza.

Este mismo continuo gozo y temor y dolor y ansia y conciencia, ¿qué serán? Un indicio, leve indicio, de que soy un prisionero en mi figura de carne y huesos que giro alrededor de la conciencia una, como los astros y los soles alrededor de un gran sol.

El Universo está lleno de maravillas. Ellas son mías, están en mí, en el instante presente. ¿Por qué ansío otra parte y otro día? Ahora, en este vocablo, en este segundo, está todo Dios, toda la belleza y felicidad y poder. No me desesperaré y no esperaré, pues todo lo poseo. Estoy seguro de que la alegría me buscará y que la evolución es inexorable. Nada que yo no deba ser (porque el poder está en mi interior) seré. Por eso vivo en perpetua felicidad, o, al menos, debo vivir. Gracias te doy, Señor, porque estás en mí, todo en mí, y todo en el instante presente. No tengo que esperar ni tengo que aburrirme. Tampoco tengo que criticar. Los hombres no son mi hechura para que yo los critique. No tengo deberes sino para mi obra, para conmigo mismo.

Soy feliz porque el instante presente es mi reino. Esa es la sabiduría.

Trabajo como el que espera, pero no espero sino que gozo y aprendo, ascendiendo en conciencia.

El hombre vive dentro de una cárcel férrea que consiste en sus representaciones mentales. ¡Qué poder el de la formación mental! Ella hace el cuerpo; determina los actos. Hace curva o chata la nariz, recta o bizca la mirada… Yo estoy cansado de ser víctima de mis formaciones mentales bajas. Anoche me humillaron, y en castigo me impongo este régimen: treinta días de silencio sin ninguna formación mental.

Soy el instante presente. Mi pensamiento presente, ese de que estoy impregnado y que es una resultante de lo vivido, eso soy, y por eso soy lo que soy, feliz, pobre, desgraciado o rico. Al mismo tiempo soy toda mi vida pasada, todos mis ascendientes. Yo soy mi obra; soy el autor y la obra.

Todo está en el instante presente. El instante presente es como un manjar que contuviera todos los sabores, los cuales se percibirían en cuanto se les atendiera. Caminamos a empujones, bregando, porque no atendemos al instante, que es Dios, lo real, sino al sueño del futuro, una bomba ilusoria. Absorbo fuerza del instante; absorbo salud, belleza y gloria.

El fin más noble del hombre consiste en averiguar de qué modo se hará más consciente. Y practicándolo. ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo evitar? Esas son las preguntas por excelencia.

Un capullo va abriendo los pétalos: deviene. Un renacuajo adquiere bronquios, bota la cola… deviene. Devenir es cumplir o manifestar lo que se es. La niña tiene en sí la belleza de la mujer y la manifiesta. Por eso el deber del hombre es devenir su conciencia.

¿Cómo entrar en la luz con mi atman pesado y negro? Yo deseo vivir muchos años para con- cienciarme. Mi único deseo es la conciencia.

Quiero estar solo, sin libros, aislado, para que mi alma tenga que manifestarse. Aprender a ocuparse en algo que no sea leer, moverse, soñar y pensar… ¿Qué es ello? Conciencia. Percibir el ser, la unidad cósmica, como la araña en el centro de la tela percibe todo su universo.

Relampaguea en la noche.
¡Cuán terrible en la noche
la luz repentina!
¡Más fuerte clama la voz
de mi conciencia!

Muge la tierra y tiembla;
se lamenta la tierra,
la débil hija del sol…
¡Cuán fuerte la voz
de mi conciencia!

La voz de mi conciencia
en la oscuridad de mi vida
es como fúlgido relámpago:
Reproche a mis cobardías.

¿Quién me llama
en el silencio de la noche?
¿De quién es la baja y clara voz
que me critica en el silencio
de las estrellas?

No puedo soportar la noche,
ni el resplandor de los relámpagos…
Estoy intranquilo en la tierra
como un furtivo ladrón
nocturno.

Una voz me llama a gritos.
¿Por qué apareció dentro de mí
una clara voz clamante
que me censura y que me urge?
¿A dónde?

¿Hacia dónde me llamas?
Los clamores aumentan en mí
cuando las estrellas vivas
titilan como risueños ojos
enigmáticos.

Alguien me llama.
Una voz me censura,
una voz evidente
que no razona
pero que me urge.

Me urge para que viva
según sus órdenes.
Oiré la voz y obedeceré.
¿Será un ángel bello?

¿El ángel que visitó a Sócrates
en su prisión?
Una voz me llama
imperante.

Siete grados de conciencia hay en el hombre: orgánica, familiar, cívica, patriótica, continental, terrena y cósmica. Siete grados visibles para todos, netos. Pero en realidad existen muchos matices y puede suceder que un hombre que viva esencialmente en el primer grado, tenga instantes en planos superiores.

El sabio ha hecho que su conciencia, por decirlo así, avance sus raíces, como inmenso árbol, a través de todo lo que existe, para nutrirse de ello. “Nada es extraño a mí”. En realidad, la conciencia es todo en el hombre y el secreto de la sabiduría consiste en vivir con todas las cosas.

Todos recordamos nuestros instantes de amor. La compenetración con el ser querido la percibe uno sin saber cómo llegó a esa percepción evidente; es entonces como si ambos amantes pensaran y desearan del mismo modo, y ambos saben (¿cómo?) que se aman y lo que desean.

A mayor conciencia, mayor universalidad. Por eso, nuestro fin es concienciarnos; extender nuestras raíces a través de lo existente para percatarnos más y más y más, hasta penetrar en las cercanías de un foco sagrado, cuyo nombre me es vedado pronunciar… ¡Señor! ¡El ritmo de mi vida se acelera cuando te intuyo, y temo deshacerme! ¡Mi materia densa vibra ahí y más retorno a la rojiza tierra de mis ansias!

Tenemos hasta ahora el concepto de conciencia orgánica: es la percepción unificada del propio cuerpo, sintetizada en la palabra yo. Quien no ha pasado de ahí, al decir yo expresa su cuerpo únicamente. El yo de cada uno encierra aquello que se ha apropiado.

Pero tenemos que da un paso más el hijo de Dios, y le nace la conciencia familiar. Su yo encierra sus hijos, su compañera, su hogar. Tenemos luego la conciencia ciudadana. El ciudadano, al decir yo, expresa más cosas como propias; es más unificado: En él aumenta el yo y disminuye lo exterior.

1º Hombre de conciencia fisiológica: mínimum de yo y máximum de cosas extrañas.

2º Hombre de conciencia familiar: comienza a crecer el yo y a disminuir lo extraño.

3º Hombre de conciencia cívica: el romano y el griego.

4º Hombre de conciencia patriótica: Aquí existe ya un lote de tierra amojonado más o menos y quizás no recorrido materialmente, que hace parte del yo.

5º Hombre de conciencia continental. Aquí el hombre se apropió, incluyó en su yo, un gran lote terrestre, limitado por océanos, con muchas patrias. En este siglo hay varios hombres así, y es un estado de conciencia muy hermoso.

6º Hombre de conciencia terrena. Al llegar a este grado el hombre tiene dentro de suyo, apropiado, todo el globo terrestre y sufre y goza con él y con sus destinos. Aquí está Mahatma Gandhi. Los felices que han llegado aquí son como árboles corpulentos arraigados en la tierra toda. ¡Oh Mahatma Gandhi, que iluminas el mundo desde hace 40 años! ¡Por ti se cree en el hombre! ¡Mahatma!, desde aquí, desde mi remoto pueblo, invoco para tus luchas la energía innominada… y

7º Hombre de conciencia cósmica. Desaparece en el yo, o mejor, se infunde en él todo lo manifestado. “Yo soy el que es”. De ahí no sigue sino el Dios escondido en la zarza ardiente.

Aprende que somos cósmicos. El método es el emocional. Repite, hasta asimilártela, la siguiente frase: somos cósmicos, hijos de Dios. Expándete hasta donde lo permita la intensidad de tu espíritu, hasta echar raíces en los astros. Realiza en ti el hecho de que estamos flotando, circulando, a través del espacio. La tierra abrazada por el sol. Somos tan hijos del sol como de la tierra. ¿No percibes que ésta es poseída por el sol? ¿No percibes que el espacio está todo unificado? Somos uno con el agua en que nos hundimos, con el musgo que olemos, con el universo que se entra por nuestros poros. Aquí, en esta quebrada, en esta agua diáfana, se siente cuán maravillosa es la continencia, la castidad del ojo, la castidad del oído, la castidad del tacto…”.

Sé que existo: Eso es conciencia. Sé que amo: Es conciencia. Sé que soy en el todo: Suprema conciencia. Sentir los astros, los ángeles o rishis, a Dios. Eso es devenir.

Estar perdido dentro de la luz astral en noches silenciosas y tranquilas. ¡Es delicioso y se percibe la grandeza de los seres! Somos dioses, hijos del Eterno Ser. ¡Cuánto le debemos a Dios!: crearnos; ser. ¿Cómo es Dios? ¿Persona? Pronuncia palabras ante él y blasfemarás. Nada sé; lo presiento y tiemblo de placer, mejor dicho, de una emoción que no sé nombrar, así como tiemblan las doradas espigas del yaraguá en la vertiente vecina, al soplo del vientecillo. ¡Oh! ¡Todos somos en Dios! ¿Por qué no caen los astros? ¿Qué es moverse? Gracias, Dios mío, porque soy. Sólo hay un verbo sustantivo: SER.

Serenidad y ecuanimidad. Serenarse es filosofar. Pero no sabe del valor de esta virtud sino el que ha sido impulsivo.

Quiero librarme de la ilusión y de los estados de alma, odio, agradable, desagradable, etc. Levantarme a las regiones altas en donde no maltratan el sistema nervioso los histerismos de la civilización occidental: cinematógrafo, baile, cafés, elecciones, ministerios, secretarías de gobierno.

¡Cuánto se profundizan los que viven encerrados en un amor! La fuerza anímica al no dilapidarse en variadas impresiones y emociones, ahonda y liberta. Hay algo que es diferente de los deseos y de las intelecciones: la esencia. Y cuando mediante la disciplina de la raza se separa algo de la animalidad, aparecen el Héroe, la Belleza o el Arte.

¡Cuán infeliz se hace el hombre cuando siente que una mujer le es necesaria! Se desboca como el caballo picado por el tábano…

¡Aquietarse! Generalmente estamos en tensión; sale en chorros la energía cuando vamos anhelantes como los perros que corren con la lengua fuera… Siempre que deseamos o que tendemos, los músculos están tensos en determinadas partes del organismo y hay inhibiciones y derrames de energía aquí y allá. Aquietarse consiste en tranquilizar todo el organismo y dominarlo, de modo que no haya hiperestesias. El movimiento rítmico es el distintivo del hombre aquietado.

Siempre la ecuanimidad. Si no existe, fíngela en tu cuerpo y de ahí pasa a realizarse. ¡Nada me urge! Yo no soy un esclavo; mi ser no está hecho sino para la alegría. No para el dinero, para la sensualidad ni para la gula y el trabajo. ¡Que mi cerebro jamás se obnubile ni se caliente como motor de automóvil! ¡Que yo jamás corra o me desespere! ¡Firme, Lucas, firme!

No corras, Lucas, hijo mío; no te dejes poseer por el deseo, ni siquiera por el deseo de bondad; no te dejes usar.

Ayer percibí que hombres y acontecimientos están buscando, atisbando al lento y al pletórico para entregársele.

Rumia esta verdad: las verdades se viven, pero no se demuestran. Por eso no es posible discutir sobre los bellos fenómenos de nuestra vida. Lo único posible es mostrar hechos del mundo físico. Nunca discutas acerca del espíritu; deja a cada uno en el lugar que ocupa, absorbiendo lo que pueda. La vida es una ascensión o un descenso, a la larga siempre un ascenso, y cada uno ocupa su puesto.

El hombre que se contiene, emana fuerza. Esta ha sido siempre mi intuición. Ese hombre domina a los otros y obra mucho, aunque no hable, ni ordene, ni se mueva. Puede parecerle a alguno un cero a la izquierda, pero los mejores oradores no han orado, los hombres más activos no se han movido y los genios no han escrito. La obra más interesante de los hombres de acción la han realizado, no en cuanto se movieron, sino en cuanto irradiaron.

Contenerse: Esta gran fórmula para ascender en conciencia, consiste en no dejarse poseer. El hombre es por sí mismo, como hijo de Dios, muy grande, lo tiene todo. No creáis que la sabiduría esté fuera y que el hombre tenga que ir a cogerla, a aprehenderla: Está en uno mismo, pues somos microcosmos. Así, cuando me detengo ante los escaparates de una librería y veo obras de los hombres espirituales, pienso, para contenerme: Lo que digan ahí, los modos nuevos de decir, las imágenes, paradojas y sutilezas están en mi alma, y allí debo leerlas. Es un pecado contra uno mismo pensar y obrar como inferior a otros.

El secreto del progreso para Colombia está en el maestro de escuela: enseñar a los niños a creer en sí mismos, en sus fuerzas; hacerlos sensibles al orgullo racial y al sentimiento de propia expresión. Necesitamos hombres que se sientan ofendidos al recibir de fuera. Recibir de otros es una cobardía. ¡Inventen, actúen, realicen, niños colombianos! ¡No tomen prestado, no reciban regalos, no pidan! ¡Qué vergüenza es hoy nuestra pobre patria! En tiempos del Libertador, Colombia irradiaba, imponía al mundo sus conceptos de Libertad y de Gloria.

¡Cuán bella es la vida para el metafísico! Es él quien percibe lo que hay debajo de los fenómenos; el que adivina el hilo madre que sirve de eje para la tela efímera del devenir. ¡Y generalmente se percibe a sí mismo como esencia! Imaginaos una muchacha variada y ricamente vestida. Pues el metafísico es el único para quien ella se desnuda. Los demás, el físico, el matemático, etc., están ocupados en examinar sus vestidos. ¡Nosotros somos los verdaderos amantes de esta muchacha!

Toda nuestra actividad, y más aún, los mundos todos, son el surgir de la esencia; es Afrodita quien está en todas las burbujas del mar de la existencia, y es ella quien las forma. La energía, ella, Afrodita, es lo que palpita en las superficies y se manifiesta.

Cuando el espíritu tiene alguna emoción triste en la contemplación de la belleza, cuando tiene algún movimiento de impaciencia, de desenfreno, es señal de que no está gozando de la belleza, sino que es dominado por ella.

Recogerse. Significa retraer todos los deseos, los tentáculos que ha sacado el fluido nervioso hacia el mundo exterior. Significa unificarse, aislarse con todo lo suyo en uno mismo. Significa evitar que el pensamiento se vaporice, que se dilate la voluntad. Significa comprimirse en un solo núcleo duro, egoísta. Consiste en no amar, no desear, no pensar, ponerse en guardia contra todo. Con este método se adquiere lo que se llama estado positivo. Nuestro joven practica este método durante el treinta por ciento de su tiempo. Y después, sale el pensamiento o el deseo, controlados por la voluntad metodizadora, con una fuerza inverosímil.

Sólo el pragmatista que lo ha ensayado durante mucho tiempo sabe la fuerza de un alma metodizada, concentrada, cuando en el momento dado lanza su deseo y su pensamiento hacia un fin determinado.

Nunca se debe meditar a un tiempo en más de una cosa, y jamás se debe desear lo que no merezca la pena. El hombre disperso nada hace. Ninguna substancia obra si no está concentrada.

El joven pragmatista es impasible. Dice: Todo esfuerzo que hagas para atraer a ti los seres y las cosas es un desperdicio; la fuerza atractiva obra cuando está concentrada en el interior. En todo movimiento de impaciencia, en todo esfuerzo brusco se pierde gran cantidad de ese algo que llamamos vitalidad. La fuerza acumulada durante la indiferencia atrae como imán las cosas buenas. Sólo suceden aventuras deliciosas a quien no las busca. El hombre es vitalidad, acumulador de vitalidad, y es preciso ser metódicos. La vitalidad conserva el organismo después de formarlo y lo defiende; cuando esa fuerza nos abandona, enfermamos y morimos.

Acostados bajo el árbol frondoso, meditamos acerca de la energía. Somos depósitos de poder, así como la naranja es dorado globo repleto de jugo. Y se debe obrar siempre, y pensar siempre, de manera que la acción y el pensamiento no consuman toda la fuerza, y de manera que se nos vea a todas horas en actitud de economizadores.

Muchas veces hemos dilapidado nuestra energía como caballo brioso o como joven pródigo. ¡Qué ridícula es la figura del hombre flácido, agotado!

La belleza no es plástica; es interna y expresiva; es la fuerza que está dentro y que emana, que se expande en las formas. En las estatuas griegas palpita la energía interna; por eso los griegos creían en el Daimón. La salud es belleza, y ésta es prometedora. Por eso es bella la vida, y por eso la juventud es bella: porque prometen y ascienden. La belleza es peligrosa para el que la contempla, si no es un sabio de la contención; si lo fuere, es educadora y causa de emociones ricas en perfeccionamiento.

Únicamente obra con fuerza el que lo hace de modo que el acto esté acorde con su conciencia; esto no quiere decir que haya una verdad y que la fuerza esté en ella; significa únicamente que se le infunde vida al acto que emana de nosotros, al que es nuestra verdad.

Regado en todo está el poder, así como el platino lo está en algunas partes de la tierra, y podemos absorberlo de las cosas, como se chupa una naranja. Los libros son depósitos de poder; también los hombres y los acontecimientos. Lo malo está en que la ciencia de nuestro siglo es descriptiva, impersonal; debía ser humana, relacionarse con el poder del hombre.

No encontramos a quién visitar; no hay sino homúnculos en esta tierra nuestra. ¿Quién ha querido superarse, quién ha vencido una sola pasión, siquiera una pasioncilla? Emerson recorrió la tierra para conocer a los hombres que habían absorbido el jugo de la naranja vital y se habían superado. Nosotros sólo vimos al animal hombre, al que obra por reflejos. ¿Dónde está el atormentado que renegó de su carne, que maldijo su limitación y que lanzó la flecha del anhelo para superarse?

Más hermoso que la montaña alta; más conmovedor que la mañana pletórica de tibieza, es el espectáculo del hombre grande.

El jesuita es el hombre de la regla; el hombre que disciplina su inteligencia y sus pasiones; el hombre interesante; en algún sentido es el hombre superador que buscamos. Las normas de San Ignacio para unos ejercicios espirituales y para una vida son método científico y completo para hacer del alma lo que la voluntad desea. Viven los jesuitas conforme a normas preestablecidas para cada uno de sus segundos, y todos sus actos, todas sus abstenciones tienen por finalidad controlar la carne y el espíritu, doblegarlos, esclavizarlos, para llegar a ser una obra de arte, un hombre perinde ac cadaver.

El hombre de la regla es el interesante.

¿Cómo pueden serlo los conformes, los que no inhiben sus pasiones, los que vibran reflejamente a toda solicitud? El hombre de la regla va cincelando día a día, en noches de insomnio, en luchas interiores trágicas y durante toda su vida, su alma conforme a su ideal. Y estos Ignacios quieren ser parecidos a la imagen que tienen de Jesucristo.

Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista.

No es el ruido externo el que nos aturde; es el grito de las pasiones. Conquistado el silencio ¿qué importan los lloros infantiles y el fracaso humano?

No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas medio propincuo para acallar la propia algarabía.

Es preciso que la escuela sea creadora en vez de enseñadora. Que los maestros no enseñen a los niños, sino que los instiguen a la manifestación. Cada ser humano y cada pueblo tiene su método propio, así como cada fuente tiene su cauce aun antes de manar. Que cada ser humano adquiera conciencia de los números, por ejemplo, según el camino a que está determinado por la raza, por el medio, por la habituación… El maestro verdadero no enseña a resolver los problemas matemáticos, sino que instiga hacia la solución individual. El mejor método es el que cada uno tiene dentro. He ensayado con tres niños, y los tres han llegado a la solución por tres caminos. Cada hombre está llamado a llegar al Espíritu con sus propios pies. Cada mente manifiesta en su procedimiento el modo de su auto-expresión. ¿Qué decir de la pintura, la religión, la música, las artes retóricas? Allí es más evidente, que en las ciencias, que el hombre es aljibe, forma a través de la cual mana el Espíritu. En esos dominios, somos canales por donde se manifiesta el Señor que ardía en la zarza egipcia. En tales dominios, el valor está en desnudarnos, en quitar lo que sea de aluvión, así como quitan la tierra y la arena de aporte para llegar a la roca viva de donde brota el manantial.

No buscar satisfacción sino en la conciencia más alta en el instante que se vive; la de ahora será baja respecto de la de luego: tal es el camino del heroísmo. De ahí mi goce en los parques situados en montículos a cuya cima se trepa por círculos concéntricos, así como éste en donde escribo, Villeta di Negro. Una desnudez y ausencia de necesidades en el último centro del parque…

Somos entre dos caminos, el que hunde en las apariencias, cada vez más, y el que sube cada vez a mayor soledad en Dios.

El hombre es un espíritu, un complejo, que debe manifestarse, que debe consumir sus instintos en el espacio y el tiempo; apareció el hombre para manifestarse, para actuar según sus motivaciones. La vanidad impide todo eso; el vanidoso muere frustrado, y tendrá que repetir, pues vivió vidas, modos y pasiones ajenos, o mejor, no vivió.

Las seis. —Día gris, sin ningún buen sentimiento. Malos sentimientos. Estuve odioso, antipático con el marsellés ese de la Trasatlántica que trajo a los persas. Fue que se me pareció a Chautemps, a Daladier, a toda esa trinca de podridos come-ajos. Pero estuve odiosísimo; debí parecerles igual a los empleados de policía, o de correos o de aduana. ¡Qué podredumbre somos los funcionarios! A ratos tengo un corazón de funcionario.

Hay que vivir cada segundo en belleza, eternamente. Hacerlo todo muy bien. Ser eternos ya, aquí. Se puede muy bien; no es preciso ir. Dios está todo aquí.

En la avenida del Prado, bajo los plátanos, que ya tiemblan y van a retoñar, oigo dentro de mí el galope de los deseos que ya conozco; entonces le digo al Señor: ¡cógeme y sácame como espada de su vaina!

Esta mañana bajé muy temprano y la Toní me sirvió el café en la mesita trípode, al lado del plátano, y tenía una terrible pugnacidad en las caderas y los ojos afelpados. La miré mientras se retiraba, y le dije al Señor: ¡sácame consumido, que no quiero volver a la Tierra, lugar de ilusiones!

¡Un triunfo! Ya varias veces estaba en mi conciencia esta pregunta; pero ahora la formulé, ahora salió más bella que el huevo de la canaria. Es mi parto. De pronto me pregunté: ¿por millones aceptarías dar un poco de tu progreso espiritual o detenerte? No. Un no clarísimo, evidente como el huevo. ¿Y por todos los millones? No. Fue como un derramarse de preguntas. ¿Qué pides? Espíritu a cambio de todo, riquezas, triunfos, amores, alegrías. ¿Nada prefieres al espíritu? Nada.

¿Llegaré al Silencio? ¿Podré presentir, pregustar, preoír al Silencio antes de irme? Sí, ya. Si nos negamos ya, ya es Silencio.

¿A quién obedece el silencioso? Al Silencio… y parece que obedece a todos y a todos…, pero es porque todos y todos no existen ya, existe El Silencio. Obedecer es Ser el Silencio. Todo lo demás es método, literatura, compra del silencio, inútil brega por conseguir el Silencio.

En el Silencio no hay humildad ni orgullo, obediencia ni mando, pobreza ni riqueza, bien ni mal ¡Es el Silencio! Nada hay por encima ni por debajo del Silencio, que es la Paz.

El fin del hombre es dormirse en el Silencio. No se dirá “murió”, sino “lo recogió el Silencio”, y no habrá duelos, sino la fiesta silenciosa, que es Silencio.

Venga a mí la juventud de guerreros, la capacidad de sacrificio. Vengan los que deseen renunciar para tener, morir para vivir. Yo conozco el método…

En esa marcha dolorosa de la conquista del Cielo, de vez en cuando nos detendremos para contemplar el camino recorrido. Eso nos dará impulso y nos fortalecerá. El método para esos instantes de goce es:

Salimos, vamos saliendo del mundo pasional, del campo de batalla semejante a cama de dos puestos. Nos contemplamos como águilas que suben; hasta vemos el esfuerzo de las articulaciones de las alas; nos trepamos sobre la Tierra; pasamos del espacio; salimos del tiempo y recibimos de aquel alimento con que Jehová sostuvo en el desierto al cansado Elías. Un cuervo le llevaba el alimento. También oyó Elías un huracán y luego un viento fuerte, y luego un vientecillo musical: allí iba el Espíritu… Los guerreros se alimentan de beatitud, como Elías.

Prometo a los jóvenes muchos secretos de felicidad. Ya no podrán honrarlos, eligiéndolos magistrados, dictadores o presidentes. Y una noche tendrán una visión: un camino interminable y entre tinieblas; verán que por él avanza uno que lleva una carga cada vez más pequeña, pues es giba de que se nutre, como el dromedario. Dirá cada uno: “Ése es mi espíritu que va solo con su carga, nutriéndose de ella”.

La giba es el cuerpo y las pasiones, instintos, deseos, hábitos, toda la materia de la vida terrestre. El disminuir consiste en que a medida que se vive, se cumplen los instintos, etc. Y el nutrirse consiste en que el espíritu adquiere sabiduría a medida que experimenta.

Para los jóvenes tengo un mundo de fantasmas que me obedecen y que me alegran. Son las cosas de que he triunfado. Mis experiencias. Ellas surgen a mi llamada. Soy un mago, dueño de mi interior. ¡Toní!, y sale y escribe en un papelito de mi mesa, en el consulado de Colombia en Marsella: “Yo te amo…”. Luego ocupa el campo mental Augusto Bréal, o sea, la amistad; María Olózaga, o sea, el alma viajera y solitaria, radiante de soledad; las estatuas griegas, es decir, la belleza formal; la música, o el canto de un ave, oído en un amanecer…

A mis jóvenes les ofrezco la cultura. Los haré dueños de los métodos, de sí mismos. Sus personalidades serán sus instrumentos. Los honores les vendrán de dentro para afuera. En una palabra, serán cultos, dueños de todo, porque poseerán el método. Sus cuerpos y sentimientos les obedecerán como autómatas.

Unos serán místicos, solitarios; otros serán conductores y podrán alegrarse y alegrar, entusiasmar y entristecer a los demás.

Porque el joven capaz de sacrificar las cosas buenas, será dueño de todo, de los débiles, del pueblo. El pueblo es casi todo carne, una giba tan desmesurada, que no se ve el espíritu, tan pequeño como un bacilo.

El que no sacrifica a la superación, no entre a esta casa, no lea mis libros, no profane a Toní. Ése no se ponga a escribir, a enseñar, a predicar. Las cosas son sus amos. ¿Qué, sino viento, puede salir de una matriz que no está preñada? Eso les digo a quienes pretenden imitarme en Suramérica.

Para mis jóvenes, el método será el altar de los sacrificios.

Como el método es limitación, camino, mis jóvenes serán sacrificios encarnados.

¿Los tímidos? Serán los más descarados, pues estarán experimentando con su timidez.

¡Qué triste ha sido Suramérica hasta hoy! ¡Qué tristeza, cuando el alma no se atreve con todo! Está sometida entonces a las formas corporales: los sombreros se tuercen del mismo modo siempre; los calzones se arrugan siempre de igual manera; si la insultan, repite el mismo gesto; iguales actos ejecuta ante la mujer y las mismas reacciones mecánicas tiene ante la vida. Eso no es pensamiento, memoria ni imaginación. Eso es reacción determinada.

Mis jóvenes irán en busca de libertad, atreviéndose, experimentando. La libertad será siempre un ideal y por eso siempre serán guerreros.

Abandone usted su alma y verá que se reduce a un vil esclavo: caminar, como se lo impone la determinación de huesos, músculos e inervación; beber, según la determinación de la herencia y de las necesidades creadas; comer, del mismo modo. Y emocionarse, desear, pensar y decidirse igual a como lo hacen todos, hasta el punto de que siempre queda la firma en los actos, de que se pueden prever, de que pueden manejarlo como a un muñeco.

Si uno no está alerta, siempre en guardia, se repite y es un amasijo de automatismos.

En mis jóvenes se entrará una motivación nueva: el deseo soberano de librarse, de señorear sobre todas las cosas, como hijos de Dios.

No conseguirán la libertad, pero, buscándola, encontrarán una motivación cada vez más espiritual.

En todas las manifestaciones humanas, filosofía, arte, ciencias, pasiones, triunfa la energía. Es la vida manifestada la que domina. Estando persuadido de esto, el objeto de mis estudios no puede ser otro que la vitalidad. ¿Cómo obra? ¿Cómo se adquiere? Sus manifestaciones; métodos para adquirirla.

Por ejemplo, el sabio pastorea los elementos, a causa de su vitalidad que se manifiesta en el dominio que ejerce sobre ellos, agrupándolos según leyes; los posee, los hace parte de su patrimonio consciente. ¿Qué otra cosa es un gran pintor sino el que se apropia la manifestación formal de la vida, las apariencias? ¿Qué fue la Paulova sino la energía vital consciente del movimiento vivo, el baile? ¿Qué pudo ser Bolívar sino el que tiene como patrimonio la conciencia de la vida manifestada en pueblos?

Yo vi a la mujer que se llevaba las miradas y los deseos en las calles de la ciudad; la vida abundante es un vórtice que atrae las energías menores y se las absorbe.

El reino es, por consiguiente, de la vida, del torbellino de Descartes, del impulso vital de Bergson, del it yanqui; una estrella de cinematógrafo tiene it.

Pero me comprenderéis mejor contando el modo como he llegado a estas vislumbres de la vitalidad y describiéndolas una a una. El modo ha sido vagando por las calles, observando a mis amigos y parientes, asistiendo a tumultos, sermones, ejercicios espirituales, mesas eleccionarias, teatros. He sido socrático y nada le debo a libros, que son imágenes apenas de la vida. ¿Cómo abandonarla por su imagen? Un retrato de río o de mujer puede ser bello únicamente en cuanto captó algo de la vitalidad de la fuente. Es necesario ver ríos y mujeres, los modelos; asistir a la vida y no leer novelas; viajar en vez de leer.

Esta mañana pensé que hace tres años escogí espíritu y que no he obrado de acuerdo con mi decisión; una vez decidido, no se puede retroceder, so pena de muerte. Por eso es mi gran tristeza continua. Hay que progresar día a día cuando uno se decidió por el espíritu, o por el cuerpo. No se puede dudar ya durante la marcha.

Bello es lo que produce en el hombre una incitación a la perfección. Así como para averiguar si un acero está imanado, se le acerca una aguja, para saber si un objeto es bello, se le presenta al hombre. Si hay incitación, estímulo vital, el objeto es bello. ¿Ningún efecto? Es indiferente, y es feo si hay repulsión.

De ahí que para que un objeto sea bello se necesita que sea superior al contemplador. La belleza, como fenómeno humano, es relativa. Hay objetos bellos para el vulgo.

La vida es idea aparente, y el secreto del arte consiste en lograr que la obra, estatua, cuadro, escrito o acción, sea apenas vestido bajo el cual vibre la idea como pecho de joven bajo la tela.

A cada dos minutos miro para el cielo y llamo a la Belleza, al que está escondido, y has de saber que oigo el ruido de sus alas, cada vez más, cada vez más. Es como la aurora, que cada vez más, cada vez más.

La fuerza divina es la vida, y cuando un hombre es constante y no se dilapida en múltiples deseos, vicios y pasiones, tal fuerza parece milagrosa en sus resultados.

Somos diosecillos andrajosos que trepamos la escala de la conciencia. Sentémonos a la puerta de todo lo bello hasta hacerlo nuestro, por el método emocional. Persigamos al héroe hasta uniformarnos, hasta que viva en nosotros. Sólo por la emoción podremos embellecernos a nosotros mismos. Pero no perdamos de vista que el universo es el objeto y que no debemos ser poseídos. Lo que empobrece es el ansia, el ansia que ahoga al que se hunde en el agua, el ansia que apresura el desgaste del enfermo. El ansioso es objeto alimenticio, carnada de anzuelo. Hay acción absorbente y deprimente; la primera es emoción y la segunda, pasión. Contemplamos —por ejemplo— una mujer hermosa: si nos desordenamos, toda nuestra energía se la absorbe ella y quedamos temblones, ansiosos y enfermos. Abramos nuestra alma a los fluidos de la salud y la belleza de esa mujer y así nos tonificaremos armoniosamente.

Estar pletórico o eufórico, significa lleno, dueño y tranquilo. La belleza es un reino y sus esclavos son los incontinentes que ignoran el método que conduce a la sabiduría.

¿Cómo absorbemos la energía? Una nota de Lucas nos responde: “Considerando las emociones e ideas y paladeándolas. Ahora estoy tibio; siento circular por mi organismo todo el paisaje, todo el sol, todo el sonido y todo el silencio. Yo en la Tierra y la Tierra en el cosmos. Nada hala de mí”.

¿Qué hacer con esta necesidad, pues no me amo? ¿Será posible hacer brotar herencias latentes, yemas que no se han desarrollado? Quizá, controlando mi habituación, para obligar a la energía a coger por otros cauces… Si no lo hiciere, moriré, pues me siento con una gran melancolía y completa esterilidad.

¡Nada de charlas! Nada de opinar, ni criticar, ni odiar. Entender. “El filósofo ni ríe ni llora, sino que entiende”. Reprimirme. Hacer tupia o embalse. Me sale la energía por viejísimos rotos. Controlarme a los 42 años será dificilísimo, casi como renacer. Viviré en guardia.

¡Yo no quiero ser esto que soy hace muchos años, tan bajo, tan nada, tan hijo de la paja, hijo del desgano, cagajón aguas abajo!

Isaac bregaba y bregaba por creer que su negocio era fabricar zapatos, dinero en mutuo y hacer hijos. Porque mientras la cosa no apura, cada uno agoniza en disfraces; simula varios negocios y pasan semanas, meses y hasta años en que llega hasta creer que su asunto son esas sus máscaras. Una que otra vez, generalmente de noche, cuando muere la madre, o el hijo, o la manceba también, el tipo queda desarmado por un momento o por varios y suelta alguna frase que en apariencia es trivial, en que se ve que está viviendo su agonía.

(Los siguientes textos son del Libro de los Viajes o de las Presencias)

Resumiendo: cada uno tiene el negocio suyo, el enredo que vino a desenredar, que es lo que desarrolla y representa realmente en este mundo; lo que digiere en sus varias representaciones que cree que son sus asuntos. Y casi todos creen que es con los demás, y que son varias actividades, pero se trata íntimamente de un negocio personal, con uno mismo, digiriendo su persona para encontrar su originalidad.

Sé íntimo, y en proporción a tu intimidad desaparecerá el miedo y toda nada.

La Intimidad. A ésta la hallarás en ti mismo, en la perfecta muerte de tu vanidad,

El valor de una existencia se mide por el grado de desnudez íntima que resultó de ella.

La única condición, la sine qua non, es la verdad, que cada uno se monte en su Rocinante propio. Y el que lo hiciere es igual al que vaya montado en el mejor caballo, porque el mejor caballo para este viaje es la honradez absoluta consigo mismo.

¿Quién es cristiano? Todo el que ame a la Intimidad y la busque y vaya realizándola en cada instante de su vivir. Gandhi ha sido el mejor en nuestros tiempos.

¿Y por qué parece que hubiera diferentes religiones? Porque todos los religiosos vamos en busca del Padre o Intimidad, pero cada uno con su respectiva cruz, o sea, padeciendo y entendiendo sus coordenadas y conciliando los conceptos que de ellas aparecen. Cada pueblo, en cuanto los pueblos viven separados los unos de los otros, posee sus propias características coordenadas, y de ahí nace la variedad de cruces y, por lo tanto, de formas religiosas. Pero todas tienen como esencia el amor a la Intimidad (Dios) y el buscarla por medio de un vivir verídico y honesto.

El tiempo se siente evidentemente como tesoro invaluable que malgastamos siempre. El punto álgido de la agonía, cuando ya vamos a expirar, es eso: vivencia nítida y única de no haber aprovechado el tiempo para la Intimidad: “Lo malgasté” es la última, cruelísima vivencia.

¿Qué hiciste de tu tiempo? ¿De esa oportunidad única para concienzarte? Esas son las postrimerías del hombre: juicio, infierno y gloria.

Y no busques “otra vida”. La Vida es única. Otra vida es creación de tu apariencia. Vive netamente lo que eres. Paladea, gusta, padece, digiere tu representación de cada momento y estarás en la Intimidad. Que tu religión sea: amor y asombro en tu vivencia de cada instante.

La Intimidad.¡Ésa es la promesa! De ella venimos y en el viaje a ella hay muchas cosas, tragedias y beatitudes. “No recordamos de antes de nacer, porque la mente es la idea del cuerpo humano y sólo sabe de éste y por éste” (Spinoza). Recordar es mecanismo psico-fisiológico. El mundo es necesario para padecerlo, meditarlo y entender. No se puede ver o vivir lo otro sino digiriendo esta vida (¡ahí está el viaje!).

La verdadera religión: adorar la Intimidad en mi representación, sinceramente, sin otra finalidad; rendirme a la verdad viva y entregarme a quien sé que está en mí y yo en Él.

Los filósofos que pretenden dar a sus discípulos los frutos cosechados por ellos, conceptualmente, ¿no cometen el pecado de formar códigos, joyas muertas con que se adornan en las bibliotecas los estudiantes? Lo mismo sucede en ciencias físicas y en todas, pues hay que vivirlas, descubrirlas en uno, inventarlas (hallar dentro), porque somos vivos.

Nadie pasa al cielo llevado. Tiene que parirse a sí mismo en agonía, y nadie puede ayudar a agonizar. Se muere solo; se nace solo. Son negocios íntimos, y la representación sí es social. Esto se reduce al gran principio de mi pedagogía: que los discípulos digieran sus vivencias. Ellas son su tesoro en la tierra, y el maestro es apenas como diastasa, como enzima para esa digestión y para el nuevo nacimiento.

“Dijo Jesús a Nicodemus: ¿Eres tú maestro en Israel y no sabes que hay que nacer de nuevo? —¿Y cómo me meto nuevamente en el útero de mi madre? —¿No sabes que hay que nacer de nuevo en el bautismo de sangre y fuego?”.

¿La culpa? Nadie tiene la culpa. No hay mal ni enemigos. Hay una escuela y se aprende mucho. Apenas se siente la Intimidad, el camino es fácil, las jornadas rinden cada vez más y se marcha con miradas a horizontes lejanos: parece que fueran cesando los bienes y males, y que ya va a aparecer sólo la Intimidad, el Padre nuestro. Lo difícil es tener la revelación, nacer de nuevo. Pero una vez recibida, la muerte va quedando vencida.

Infierno, igual a ignorancia, oscuridad, con sus ansias y pasiones. Cielo, igual a vivencia-conocimiento, con sus noches cargadas de silencio.

P.—¿Cómo se debe vivir, pues?

R.—Aceptándote en tu suceder, vivir tu vida, meditarla en el recogimiento, llamando a la Intimidad. En palabras de este libro: haciendo con honradez absoluta tus viajes pasionales, mentales y de beatitud. No mentir nunca.

1. —Todos vosotros estáis llenos de prejuicios heredados o impuestos. Esos prejuicios son términos, proposiciones y juicios hechos, vividos antaño con un sentido, pero legados y tenidos como ídolos: cascarones o formas vacías. Con esto cubrís vuestras vivencias y os tapáis, y así vivís inútilmente; morís como nacéis.

Lo primero es descomponer en sentimientos y emociones las proposiciones, juicios y términos con que engañosamente tapamos lo vivo en nosotros (Dios en nosotros). Ejemplo: “Creo en Dios”. Tomemos al vulgo (y casi todos somos vulgo). ¿Qué expresáis con el término creo, y con la palabra Dios y con la proposición “Creo en Dios”?

Tomad ahora al fraile español que agarraba a un indio americano y le decía: “Repite, creo en Dios y creo en Jesucristo, su único hijo…, y si no, Gonzalo Jiménez de Quesada te cortará la cabeza”. Repetía el pobre indio americano, y el fraile gritaba: ¡Ya es cristiano, ya cree!… Tal fue la conquista y la colonización de América por los españoles.

¿Qué dice, pues, un americano; qué dicen casi todos en el mundo al decir creo? Pues que si no dicen creo, los matan, les va mal y se los lleva el diablo. ¿Y Dios? Es un señor que hizo el cielo y la tierra, que castiga a los malos y premia a los buenos.  Dios es pues un señor existente, que no se ve. “Fe es creer lo que no se ve”: así reza el catecismo para América.

“Yo creo en Dios”. Afirmo que hay un señor invisible que, si el patrón no me paga, lo castigará en la “otra vida”, y que si yo aguanto mi hambre y miseria sin protestar, me dará el cielo.

2. —El librar de vocablos, proposiciones y juicios hechos y sin vida ya, es la tarea más difícil para el maestro de sabiduría. Mientras se esté en la conceptualidad muerta, el hombre no vive. Y muere sin haber vivido. Y es lo común, así como en los almácigos descuidados, que casi todas las plantitas perecen inútilmente.

Al despachurrar esos cascarones y obligar a cada cual a expresar lo que está viviendo, con absoluta honradez religiosa, se hace la misma obra que al trasplantar las plantitas del almácigo. Entonces se les dice: Ahora, coge tu Cruz (tu vida tuya) y sígueme hacia la Intimidad. Éste es el período de la vida filosófica que llamo desnudarse y darse.

3.—Amar, por sobre todas las cosas, a eso que se siente, se vive, en cada instante; y no mentir nunca, ni ocultarse a la mirada de la conciencia: eso es Dios en ti. Eso es lo que vivimos de la Verdad, y como es viva (Dios vivo), si lo negamos un instante…, ¡ay de nosotros!

Y así, estar alerta a toda hora, reverentes ante la Presencia.

4.—Una vez confesada una vivencia con honradez absoluta, se presiente la Intimidad: Dios en nosotros.

5.—Y brota un amor nuevo, irresistible y en aumento, a la Intimidad entrevista y que tiene fuerza creadora infinita.

Tal es la teoría de Los Viajes; en otros términos, del Camino, la Verdad y la Vida, o sea, Cristo.

Importantísimo: La reconciliación es el estado más alto a que puede llegar un existente. Es aquel estado en que uno se acepta a sí mismo y se manifiesta con absoluta verdad tal como es: vivencia sucediéndose en la Intimidad (es la primera reconciliación y el nacer de nuevo).

Hallar la Intimidad en cada instante de su vida es vivir bien y es el cielo.

Comienza la reconciliación cuando se abandonan los juicios, proposiciones y términos abstractos heredados o recibidos.

Las vivencias todas, si bien tienen la misma jerarquía de los mundos a que pertenecen, son siempre Dios en nosotros: cielos.


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